martes, 26 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo dieciocho de dos mil seis
Se diría que hoy no hay tema para comentar, que es un día intrascendente, semejante a un chiribitil de monjas. Sin embargo hay mucho por decir en este entorno de seres humanos, civilizados unos, ignorantes ilustrados otros, apendejados los de allá, cizañosos los de aquí  y definitivamente estúpidos los más. En una reunión de padres de familia con sicóloga a bordo -lo cual permite que nadie se cohíba al hablar- y usando como sede un batallón militar -lo que acentúa que no habrá cohibición- se ilustraba sobre la educación de los hijos adolescentes. En una cartilla pre-elaborada se leía y se acataba todo lo ahí expresado; nadie se atrevía a disentir, parecía una congregación de unánimes. Había madres, antes que padres, que recibían las instrucciones como verdades reveladas por el profeta infalible de la nueva luz. Se nota que estas reuniones no se hacen para pensar sino para acatar. Aquí opera el síndrome de Homero Simpson, una tira cómica que lo es por lo irreverente, al ilustrar a la sociedad de clase media norteamericana tal como es: trabajadora, intrascendente y mentalmente escuálida. En un capítulo de la serie gráfica instaban a Homero Simpson a pensar y dijo: “Eso no lo hago. Para eso elijo alcalde, senadores y presidente, para que piensen por mí”. Otro literato, de elevada cultura, que por serlo no recibió el premio Nóbel de literatura, Jorge Luis Borges, decía con absoluta autoridad: “El hombre en general es muy haragán, y prefiere que otro asuma la responsabilidad de sus actos. Profesar una religión o afiliarse a un partido o una doctrina, es un buen pretexto para no pensar”.

Pues bien, en la reunión aludida los padres se tomaron una hora -el tinto se lo tomaron en cinco minutos- para llegar a una mayoría, que no alcanzó el consenso, de aprobación en el sentido de que la autoridad había que imponerla para corregir el desvío de las nuevas generaciones; y fue cuando dejé a un lado mis prevenciones y, en aras de defender a los jóvenes ausentes, intervine. En la tal cartilla se afirmaba que la autoridad era fundamental para el buen desarrollo de la personalidad, que los padres debían ejercerla para imponer las reglas de comportamiento en los hijos. Que no se debía hacerles fácil la vida a los muchachos porque tenían que enfrentar situaciones para las cuales debían estar preparados. Que las salidas nocturnas para “sardinos” y “zanahorias” debían tener un horario estricto si no se podían impedir.

Para que vean que yo también me jalo mis discursos, dije:

-Después de oírlos a ustedes, me tocó hablar para contradecir lo que hasta ahora se ha expresado. Para mí, por encima de la autoridad está el respeto. Si yo respeto a mis hijos, ellos me respetan; si los profesores respetan a los alumnos, los alumnos devolverán el respeto con creces: aprendiendo; el respeto es recíproco. El respeto se aprende, no se impone; quienes lo enseñan son mayores, en edad y dignidad. La autoridad emana del respeto, se acata naturalmente, sin imposiciones. Las reglas de comportamiento, en un grupo sociable, son espontáneas, no impositivas, y el ser humano se adapta a cualquier situación por extrema que sea. Los niños, los jóvenes, son seres humanos pensantes y por lo mismo deben tratarse con respeto y hablarles con argumentos que asimilen e influyan en su comportamiento. No es el mismo tratamiento que se da a los animales, que aprenden por condicionamiento. Si le doy un perrerazo a mi mascota que se orinó el butaco, lo más seguro es que no se lo vuelva a orinar u orine el del vecino, que no tiene perrero. Pero así no somos los seres humanos, nosotros aprendemos por raciocinio y, cuando somos niños -en plena evolución de la inteligencia-, por ejemplos paternos. Por eso mismo hay que cuidar de nuestros comportamientos y nuestras palabras, pues los niños las asimilan y las almacenan para repetirlas en circunstancias parecidas.

No estoy de acuerdo con que mis hijos sufran para que aprendan a enfrentarse al mundo. Quiero que mis hijos disfruten su niñez y su juventud y yo disfrutaré apoyándolos; si les toca enfrentarse al mundo, ellos tendrán esa capacidad de adaptación natural de los seres humanos a un mundo hecho por humanos. Qué tal que si vamos a vivir al Canadá, desde ya empecemos a dormir en el congelador de la nevera como preparación al frío que nos tocará enfrentar. No. Disfrutemos nuestro clima mientras llega la nueva situación. 

Hay normas que por lo absurdas no se cumplen. Eso de fijar las doce de la noche para que regresen a casa después de una fiesta chévere, no lo cumple ni el marido. Las buenas rumbas empiezan a las once de la noche y se acaban a las tres de la mañana; hay otras que empiezan más temprano y se acaban igual, pero son merienda de negros, un zambumbe con chichonera.

Para terminar, voy a referirles una anécdota. Una vez en Cali, con ese calor de desierto, en verano, llegué a un puesto de venta de jugos naturales con el propósito de evitar una deshidratación. El dependiente me atendió con una reiterada expresión que me molestaba. Me decía paisita. Paisita  para allá y paisita para acá. Hasta que me emberraqué y le dije: A mí no me digás paisita, que yo no soy paisa. El señor, ya enfrentado, quiso apachurrarme: “¿Cómo quiere que le diga? ¿Pastusito? ” Fue entonces cuando impuse mi teoría: Decime señor, que es respetuoso y el respeto vende más que ese cariño falseado.

Cuando terminé, los padres de familia no me aplaudieron; estaban pensando...

domingo, 17 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo catorce de dos mil seis
Día de la madre, día de las madres: Día del comercio. Pobres mamás que conozcan por un regalo que sus hijos las quieren. El amor no necesita materialización diferente a las caricias, besos, abrazos, compañía, voces al oído; manifestaciones de los sentimientos. Desde chiquitos -cuando empezábamos a orinarnos los pantalones cortos- nos enseñan a regalar a la mamá, cuando antes nadie nos enseñó a acariciarla, besarla, abrazarla y decirle ga, buá, má, agugú, pero lo hacíamos y ella era muy feliz sin regalos.

Ahora hay que regalar para ser buen hijo; si no hay plata, le prestan. La publicidad lo dice; se puede financiar el regalo de la madre en cómodas cuotas mensuales, así choque con los servicios públicos o la pensión del hijo estudiante o la remesa de cada mes. Mientras más caro sea el regalo, más cariño se tiene por mamá. Lo dicen los comerciantes que saben de sentimientos, como mi primo bobo sabe de viajes en ovni.

Hay publicidades que exaltan lo nimio y vilipendian al amor. Una de estas decía: “Haga feliz a mamá, en su día. Regálele una lavadora Sanson”. Si hacer feliz a la mamá es ponerla a lavar ropa, así sea en una lavadora automática, en su día, los conceptos de felicidad han cambiado.

También regalan a la madre ollas arroceras, hornos, baterías de cocina; la ponen a cocinar cuando termina de lavar y después a aspirar y encerar el piso, con la última tecnología que al aspirar se traba y cuesta tanto la destrabada como la aspiradora y enceradora juntas. A la pobre madre le resulta más económico tirar al patio los regalos electrodomésticos y volver al sistema de escoba y trapeador. Este nunca se traba, si acaso elimina el ruido y la pereza.

Hay regalos grotescos. Como el hijo que le regaló un automóvil a la mamá, cuando ella nunca ha conducido un vehículo en su vida; salvo la vez en que estuvo de pie al frente del coche fúnebre, cuando murió su esposo. La mamá tiene que contratar los servicios de un chofer, razón por la cual sale más caro el conductor que el carro.

En los tiempos que transcurren hay mamás muy jóvenes y modernas; con decir que casi todas tienen dos hijos y ningún esposo. Sin embargo las canciones que exaltan la calidad de madre siempre hablan de la mamá vieja. Los compositores de antaño se acordaban de cantarle a la madre cuando ya estaba en las últimas, cuando solo cabía el lamento del hijo que no fue capaz de hacerla feliz. ¿Por qué, pregunto, no hay compositores nuevos que inventen canciones a la madre joven, que sean alegres como un ringlete?  La canción a la madre no debe ser triste, como la vida tampoco es lamentable -así estemos casados y con deudas- y la madre es ante todo vida que siempre procura felicidad. ¿Por qué tenemos que llorar cuando le cantamos a la mamá?
   
Pasó el día de la madre. Para muchas mamás fue la ocasión de aglutinar a los hijos dispersos y a los nietos desconocidos; para la mayoría un alto en la rutina de este trajinar comercial con hijos presentes y ausentes, pero siempre amados.

sábado, 9 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo diez de dos mil seis
Nuestra sociedad pacata, goda, filistea, es la mezcla más extraña de contradicciones. Lo vemos a diario en los medios audiovisuales. En la televisión, por ejemplo, no se permite  el uso de palabras que escandalicen o sonrojen al televidente -así le llaman al menso que ve la tele con la boca abierta-. En nuestro país una injuria apostrofada escandaliza más que una masacre de veinte labriegos. Se está en contra de la violencia de todo tipo y sin embargo se reclaman  series de gangsters gringos -donde se ven tantos muertos como extras mexicanos que para no echarlos tampoco les pagan- que algunos exégetas proclaman  como buen cine. A las cosas normales no se las llama por su nombre propio sino por otro que aproxima el significado y en veces lo escuda. Se pretende así asumir respeto hacia el televidente cuando más tarde lo agravian con sofismas que insultan a su inteligencia.

Veamos unos casos que vienen de perlas para la ilustración:

Por estos días hay un concurso en la televisión que se llama “La mejor cola”. Cuando recién apareció me imaginé que los concursantes eran caballos, yeguas y en el peor de los casos un “reality” con  muchachas de servicio doméstico de cabellos largos. Pues no. Se trataba de un concurso de culos de bellas damas que no tenían empacho en mostrar las formas onduladas y perfectas de sus caderas esplendorosas.

Lo más simpático era cuando algunas presentadoras, que fungían de jurados, usaban términos insignificantes, en el estricto sentido de la palabra, para evitar la palabrita grosera. Una dama que públicamente nos confesó que había estudiado en Francia -cuando se quitó los clientes de encima-, hablaba de un voluptuoso “derriere”; otra, más cercana a la farándula circense, se refería a esas deliciosas posaderas como “el pompis”; todas y todos en grupo, no decían culo sino cola. Aquí lo directo se trastoca fácilmente en bajeza, que es peor que la grosería. Así somos. Nos escandaliza nuestro cuerpo; peor aun, sentimos vergüenza de él. Menos mal que los animales que tienen cola no están al tanto de esta absurda idiotez, por razones de especie, porque si no demandaban al dichoso concurso por suplantación. Para mí, cola es cola, la parte larga con pelos que tienen algunos animales para espantar moscos desde atrás; y culo es... bueno, ya sabemos dónde está y para qué sirve. Además, científicamente demostrado está que los seres humanos no tenemos cola. Por lo tanto solo debe haber concursos de colas con animales mamíferos, excluyendo a las mujeres.

La televisión transmitió en vísperas electorales la intervención de un estudiante de una prestigiosa universidad del país frente al presidente de la república, donde le preguntaba si era cierto que se había entregado la selva amazónica a los norteamericanos y si el TLC (no quiere decir Te Las Cobro, sino tratado de libre comercio) iba a producir un efecto peor que la apertura económica de un presidente anterior, que dejó al campo en ruinas.

No me voy a referir a la actitud del presidente -de esto ya se encargaron los opositores-, sino al comunicador de una cadena radial que en un alarde de alabanza al mandatario descalificó al muchacho diciendo que no sabía dónde estaba parado. El estudiante no estaba asegurando ni dando por cierto lo explícito de su pregunta. Estaba preguntando y cuando uno pregunta pretende que la respuesta sea la verdad o se aproxime a ella. Cuando se pregunta es precisamente porque se quiere saber lo que se ignora o se duda.

Aquí el comunicador dejó ver sus preferencias políticas y se apartó de la lógica. Hay agresión contra el oyente a quien le pretenden sustituir la simple lógica de una pregunta, por el credo de una afinidad política difamando al cuestionador. Hay insulto a la inteligencia. Claro que para algunos oyentes radiales solo hay insulto cuando le lanzan el correspondiente improperio en respuesta a un interrogante o, para ser menos drástico, hacer explícita la madre de por medio, cuando debería estar ausente. No. También hay insulto cuando el oyente espera la absolución de la pregunta  y no el rechazo agraviado, sin responder.

Pero dejemos a un lado la filosofía elemental y veamos otro ejemplo de sociedad contradictoria.

En un reportaje televisivo se mostraba la vida nocturna de las prostitutas en Bogotá. Los periodistas, que se meten hasta en las cobijas polvorientas de un gulungún, preguntan de todo -incluido el momento cumbre de la faena- y esperan respuestas con pelos y señales; dicen lo normal y lo absurdo del surrealista entorno; nunca utilizaron la palabra puta. Es posible que la consideraran demasiado agresiva por lo evidente y, por lo mismo, la evitaran frente a quienes -con sobrados méritos- detentan el calificativo eximio, sinónimo de profesión. En su defecto, las damas en cuestión eran tratadas como “trabajadoras sexuales”, “trabajadoras de la noche”, “masajistas” y “show girls”. Debo reconocer que estas mujeres se expresaban en la misma forma como las trataban, eran respetuosas, graciosas y cuidaban sus palabras. También en el extremo social hay respeto.

Sin embargo este reportaje -pleno de drama y tragedia, nunca de lujuria o erotismo- se pasaba en el mismo canal donde se emitía una serie o telenovela en la cual el protagonista -un tipo bien parecido... a un mico-, cuando reparó en que por largo tiempo había oficiado como  doble macho cornudo, trató de puta a su mujer y de reputa a su amante.

Al paso de trote que vamos, el apelativo de calificación en el lugar que corresponde, pasará a ser insulto menor en el honorable hogar caído en desliz.     

sábado, 26 de diciembre de 2009

Memorias de un hombre común

Mayo primero de dos mil seis
Hoy en Colombia se celebra el día del trabajo, descansando. Es festivo y aquí en esta tierra de feligreses adobados con partidismo, como cosa rara se hace una procesión. Llevan en andas la imagen del Ecce Homo (he aquí el hombre) de regreso a su morada permanente: una iglesita que es importante porque se la ve desde el parque Caldas incursionando la montaña y la llaman Belén.

Ese hombre (Ecce Homo) es el patrón de la ciudad, según la imposición eclesiástica católica. Y como nos gusta que nos azoten, nos gustan los patrones. O bien tenemos inclinación de mártires -no nos ofendemos si nos sacan los cueros al sol- o vocación de masoquistas -somos felices sufriendo, no importa que sea por el desamor de las mujeres, propias o ajenas-. De todas maneras la morcilla es negra.

A comienzos de los años cincuenta cuando gobernaba al país un ejecutor del mandato extremo, este conculcó libertades ciudadanas incluida la libre reunión. Los opositores políticos vieron la posibilidad de reunirse en pleno primero de mayo sin ser disueltos y menos encarcelados, haciendo la procesión del Ecce Homo. Así se hizo y así se quedó hasta ahora. Un acto de rebeldía lo convertimos en un evento tradicional; la rebeldía hoy consistiría en suspender la procesión. Pero quién se atreve.

Los obreros, para el desfile, cambian el overol por el vestido de paño negro, usan corbata, zapatos bien embolados, reloj de leontina y utilizan el bolsillo trasero izquierdo del pantalón para meter la media de aguardiente. (Antiguamente la industria licorera  producía la caneca de aguardiente que tenía la forma cóncava y el tamaño preciso del bolsillo alcahuete del pantalón. Era, entonces, muy elegante echarse un trago, como lo hacen hoy los europeos con sus licoreras de bolsillo en acero y cuero. Ahora con la media -cilíndrica y roñosa- en el bolsillo nos vemos más ordinarios que paletero en un velorio y de eso tiene la culpa la industria de licores.)

La procesión del Ecce Homo es sólo para varones, las mujeres tienen derecho a ver a ese hombre y a los otros desde el andén. Nada de pedir moco cuando el hachón está desbordado. El hachón es una larga vela gruesa que da estatus en el desfile; se infiere que en el hogar el tamaño se mantiene y el moco es para uso casero. El moco, había olvidado aclararlo, es la cera que se riega a lo largo de la vela cuando está prendida y cuando no tiene la ruana de cartón que impide el quemón.

Hacia las diez de la mañana empieza el recorrido, sobrio, elegante; promediando las dos horas se conserva elegante pero se nota el vaivén de la ebriedad, y luego de tres horas finaliza descuajaringao; corbata sin nudo, media vacía, hachón quebrado, moco derramado y vestido untado con polvo de barranco.

El patrono ya está en su sitial y los fieles más borrachos que administrador de guarapera. La tarde sirve para calmar la “rasca” -esa borrachera extrema que anula la conciencia, la ciencia y la paciencia-. Aparecen los vendedores de rellena, frito de cerdo, chicharrón, empanadas de pipián y de guiso, masas de choclo, pasteles de yuca, envueltos de choclo, champús, chicha o aloja y otros deleites que a esa hora caen muy bien al cuerpo embutido de alcohol y cansancio.

Dicen que el hambre es la mejor salsa y de esta hay bastante en los alrededores de los quingos de Belén, tipo tres de la tarde. Los vendedores acuciosos venden todo el producido y a veces les queda faltando. Cuando esto ocurre, los últimos borrachitos se van a la calle trece donde aún sirven ternero, plato exquisito que no conocen en Taiwán. El ternero, lo mismo que los platos citados, acaban con la “rasca” que se atenúa aún más con unas “amargas”. Los parroquianos seguidores del patrón,  hacia las seis de la tarde, cuando el bolsillo está chulpio inician el regreso a casa.

Se ha cumplido la jornada religiosa de cada año; por esta vez estamos salvados, no importa de qué, y éste es un elíxir que nos permite continuar la rutina, libres de toda culpa.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Memorias de un hombre común

Abril veintisiete de dos mil seis
Los viajes son reconfortantes. Después de una actividad ininterrumpida bien vale un descanso  y lo mejor -si hay plata y ganas- es desarraigarse por breve tiempo de la patria menuda, de los amigos canaleros, de las damas imposibles. (Vienen a mi memoria las dos clases de mujeres que existen en el mundo, según clasificación arbitraria de un casanova en plena madurez: las que le gustan a uno y las que le dicen sí.) 

En Buenos Aires -Argentina, aclaro, porque en el Cauca hay un Buenos Aires poblado de negros  lisos de clima frío-  hice lo que todo turista hace, además de gastarse el dinero ahorrado en meses de privaciones lúdicas. Pero como esto no es una guía turística, voy a referirme a las personas con quienes intercambié impresiones, argentinos con fama de engreídos que resultaron fascinantes anfitriones, plenos de humor incomparable, sencillos hasta las suelas.

A Buenos Aires trastearon la Europa gala, la Italia latina y la negra Africa cuya presencia es musical de origen: el tango. Hay dos grandes pasiones que la identifican: el fútbol y el tango. A pesar de haber sido puerto negrero en la época colonial, es más fácil conseguir un negro en el norte de Suecia que en la Costanera. El taxista, cargado de años y descargado de pelo, a quien contraté para  el recorrido por el Gran Buenos Aires, me dio una explicación, que juzgo válida, de por qué a un puerto negrero no le quedan negros. El calvo rioplatense me dijo que dos sucesivas epidemias de fiebre amarilla habían aniquilado a los negros y a sus capataces. Que por estos acontecimientos la ciudad creció al alejarse del puerto donde se hacinaban las víctimas.

En los períodos en que yo no preguntaba el taxista me interrogaba; los argentinos son más curiosos que un lince hambriento.

-Y vos, ¿porqué no trajiste a tu mujer y tus hijos?
-Porque mi mujer trabaja y mis hijos estudian.
-¿Y vos qué hacés?
-Pues, nada.
-¿Cómo que nada?
-¿Qué hace un jubilado?
-¡Pero vos estás joven para ser jubilado!
-Gracias. Pero ya no me cocino con dos aguas.
-A estos colombianos quién los entiende. ¿Qué tiene que ver la cocina aquí?

Mi taxista resultó fenomenal, un guía estupendo. Me confesó ser hincha de Boca Juniors y yo dije ser fiel a Millonarios, que él asoció con River Plate, y estaba en lo cierto. Me mostró Eseiza, el barrio donde entrenaban, para perder, los de River,  porque necesitaba unas camisetas autografiadas de los jugadores para mi sobrino, el único que juega fútbol mejor que su tío. También me indicó dónde comprar camisetas, cachuchas, sombreros y petos de Boca; se bajó del taxi en plena Bombonera y me consiguió la boleta para el partido del domingo próximo: Boca-Chacarita, sin darme tiempo a revirar, porque yo quería ver  River-Banfield. Cuando intenté hacerle el reclamo me dijo:

-Cómo se te ocurre ir a Núñez en vez de la Bombonera. Nuestro estadio es único porque juega Boca, además la boleta no te cuesta nada porque me la regalan a mí que soy hincha hace cincuenta años del mejor equipo que vas a ver en tu vida. ¡No seas boludo!

Con esas contundentes razones me resigné a postergar mi visita al estadio monumental y quedarme en la Bombonera. El cambio no fue malo. Me divertí como gamín “colao”. Hacía rato no oía unos madrazos tan decentes -bien deletreados- que el árbitro y los jugadores escuchan y devuelven como del comedor a la sala. En la Bombonera todo queda cerca; los jugadores y el público se tocan; cuando el árbitro grita las tribunas le contestan doble; el entrenador y los asistentes hacen de recogebolas porque están sobre la raya disputando espacio con los policías. Como buen seguidor de River, me tocó que ponerme la gorra de Boca para que no me identificaran. En todo el partido no abrí la boca, mía,  por seguridad, vaya y gritara ¡Millos! ¡Millos! y las barras bravas me sacaran por la abertura norte-oriente para caer en el barrio Boca donde recogen lo que queda de los hinchas de River.

Hice tour, días después, a “Caminito” que también queda en el barrio Boca. Ese día fui con mi cargamento de camisetas y cachuchas de River, compradas en su sede, que por razones de tiempo no alcancé a dejar en el hotel. Después del recorrido turístico, a pie, me dejó el bus de mi grupo. Estaba tan emocionado viendo las pintorescas residencias y casas de inquilinato, de colores fuertes como si fueran tropicales de la costa guajira de Colombia; lidiar con los vendedores ambulantes que no gritan sino que cantan para hablar; de posar con la despampanante vedette para que me tomen fotos bailando un tango imaginario, que se me pasó el tiempo sin darme cuenta. Con el sol abrasador y resignado a caminar por la orilla del Río de la Plata, me encasqué mi cachucha de River y emprendí la ruta hacia Puerto Madero. Después de quince minutos me alcanzó el bus. La guía turística, rubia, bonita pero chiquita, como muñeca de mentiras, me increpó preocupada:

-¡Vos estás loco! ¡Cómo se te ocurre caminar por el Barrio Boca con la gorra de River!  ¡Te habían podido matar!

Como en ningún momento me sentí en peligro, me pareció muy exagerada su apreciación y sólo atiné a decir:

-Más peligroso es el estadio.

La filimisquita, después de saberme seguro y comprobar que era colombiano, me volvió a fustigar:

-¿Y vos no te acordás del cinco cero? ¡Si te hubieran descubierto te lo habrían cobrado!  
   
Ubicado entre la manada de turistas sonsos que se reían como si fuera el gracioso del día, me di a la tarea de mirar el Río de la Plata , que tiene el agua de color café con leche, nada parecido con la plata, y metí entre mis olvidos a la chiquitica regañona.

En Puerto Madero decidí almorzar y llegué a un restaurante de excelente aspecto. Un elegante empleado que parecía el gerente, atendiendo mis sugerencias, me llevó a una mesa de vista privilegiada. Allí me dejó y me dijo que ya vendría el mesero a atenderme. Pasado el tiempo normal, apareció el mesero que, detrás de una columna y la cara cubierta con el menú, me decía:

-¿Señor, lo puedo atender desde aquí?

Entre mí decía: “y a este zoquete ¿qué le pasa que no se acerca?”

-¿Señor, le dicto la carta desde acá? Hay algo que me fastidia.

Con el hambre que tenía y la piedra que me salía ya iba a mandarlo a las Malvinas, cuando caí en la cuenta de que no me había quitado mi cachuchita de River. Entonces le dije con acento patojo que se parece en todas partes:

-¡Ah! Seguro, vos sos hincha de Boca.
-Sí, señor. Y esa cachucha... Usted comprende.
-Mirá, si me la quito es porque no se debe comer con la cabeza cubierta.
-Gracias, señor. ¿Ahora sí, qué va a ordenar?   

Me atendió como a los reyes y, entre ida y vuelta para servir a otros comensales, hablamos de todo, incluido el fútbol. Casi suspende su trabajo para compartir conmigo, pero a diferencia de los colombianos quería hablar sin licor de por medio. 

Cuando atacaba al salmón que había ordenado, le dije que era mucho para mí y me aclaró:

-Para nosotros ese salmón es una entrada. Aquí comemos mucha carne y la bajamos con vino.
-En Argentina las carnes son excelentes.
-Los vinos son excelentes.
-Regalame un vino.
-¿Sabés? Te regalo la carne y me comprás el vino.
-¡Claro! Como ves que no puedo con el salmón.
-Por eso mismo, ché.
-Parecés paisa.
-¿Parecés qué?
-Paisa.
-¿Cómo paisa?
-En Colombia paisa es el que regala lo que no sirve a precio de costo.
-¿Paisa? Debería estar en la Casa Rosada.
-¿El palacio presidencial?
-Sí, la guarida.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Memorias de un hombre común

Abril veintitrés de dos mil seis
En Colombia, por esa tradición de saltar del campo a la ciudad, para alcanzar el progreso personal y familiar -pasar de ser arremangado a usar zapatos de charol antiguo- hemos tenido dirigentes de todo orden que llevan arraigados elementos propios de su ideología campesina. Por más que traten de hablar como citadinos, siempre les sale el arriero que llevan dentro y lo tratan de disimular volviéndose pedantes en la expresión. No hace muchos años estos personajes importantes trataban de esconder su origen renegando de sus manifestaciones espontáneas -“el que es no deja de ser y guarda para la vejez”-. Hasta acusaban a sus subalternos de vulgares y  faltos de originalidad cuando los oían usar dichos y citas que en casa se las restregaban. De un tiempo para acá, se volvió signo de picardía sacar el repertorio de frases propias de las gentes del campo -que son sabias sin proponérselo- y ahora llegamos al colmo de tener un presidente que las utiliza a menudo, como único fundamento intelectual.

 Los refranes tienen la particularidad de evitar largas expresiones y ser precisos en el consejo o reprimenda. Si usted, por ejemplo, frecuenta a algún tacaño, por no decir pichicato, es conveniente recordarle que  “la plata del miserable se la come el vagabundo”.

Cuando alguien pasa por no saber lo que sí sabe pero no lo dice por conveniencia o lo dice introduciendo la confusión para no comprometerse, cae bien decirle: “hacete el atembao y así te quedás”.   

Ahora bien, momentos difíciles tenemos todos los que integramos esta pelota de agua que se llama Tierra. Yo, particularmente, en mis primeros intentos de conseguir trabajo para devengar, padecí el dolor de no poder vestirme como quería mi novia. La economía precaria me alcanzaba para comprarle helados y llenar hojas de vida. En las entrevistas tenía un bajo puntaje en presentación personal, porque se notaba lo tizada que estaba la camisa que ya había ajustado la misma vida útil que el pantalón. Mi mamá, al verme así vestido, no le echó la culpa a la novia sino a la situación y me dijo: “cuando uno está mal, es cuando mejor debe vestirse”. Preciso, dejé a la novia y conseguí trabajo.

No es por dármelas, pero mis padres nunca nos dejaron aguantar gurbia siendo niños. Cuando no había qué comer, comíamos gallina. La razón: Vivíamos en el campo y allí cultivábamos, criábamos gallinas, cerdos y hasta cuyes;  nos visitaban familiares cercanos y los primos lejanos y las primas de otros primos. Mis padres multiplicaban la comida aplicando aquello de “si hay comida para dos, hay comida para tres”.

Hay una expresión que se acomoda a quien intenta hacer un trabajo para el cual no está entrenado, como por ejemplo cuando usted se vara en carretera y aparecen como brotados de la tierra “mecánicos” que opinan lo contrario de lo  que usted ya sabe: que el carro se varó por falta de batería, -hacía tres años no la cambiaba porque tenía buen pito-. Los “mecánicos” espontáneos comienzan a especular: que es el chicler, que son los platinos, que es el carburador y usted se ríe de lado porque el vehículo es de inyección electrónica. No falta quien se zambulla debajo del carro para impresionarlo con su profesionalismo y sólo consigue mancharse el vestido, los pómulos y las manos para dar su dictamen: no pasa la corriente. Entonces, “viene como anillo al dedo” ese refrán que dice: “al que no sabe de bragas, los calzones le hacen llagas”. 

Ahora, si usted hace negocios con paisas, lo más probable es la tumbada. Usted obra con rectitud, porque así nos educaron desde chiquitos
-por lo menos aquí en este valle de próceres- y el paisa  le voltea la cosa haciéndolo actuar ingenuo. Allí se aprovecha. Si usted se queda sin plata y sin negocio, el paisa se queda con la plata suya y el negocio suyo y a eso le llaman viveza, que no es otra cosa que engaño descarado, porque usted actuó con honradez y partió de la buena fe del otro; pero el otro era paisa. Por eso mi mamá decía: “juntos, ni con los difuntos”.

“Estoy tan acostumbrado a los desprecios, que las atenciones me incomodan”, decía un compañero de trabajo por allá en Bolívar (Cauca), cuando íbamos a visitarlo y utilizaba esta ironía para sentarse con nosotros a departir en la única taberna que vendía aguardiente. Las demás vendían whisky, en la época de la bonanza marimbera.

Después de algunas horas de buen beber sabíamos cuándo había que retirarse al reposo -como los buenos gladiadores- y era cuando nuestro amigo se paraba y decía con autoridad indiscutible: “aquí donde me ven, yo soy desigual a cualquiera.