lunes, 14 de septiembre de 2009

Memorias de un hombre común

Abril siete de dos mil seis

Cuando uno no tiene nada que hacer, seguro alguien lo ocupa o lo pone a trabajar. Ayer me encontré a un ex-compañero de empresa -donde hacía lo que hago hoy, con la diferencia de que ahora se dan cuenta- que me recordó varios de los episodios anecdóticos que vivimos y que fueron tema de conversación en reuniones sociales de fin de año. El amigo me invitó a que recopilara esos eventos porque, según él, tengo buena memoria -eso de que no olvido las deudas, no quiere decir- para repasarlos el fin de semana alrededor de unos vasitos que se transparentan con un líquido que no se ve de principio a fin pero que ennoblece y transforma hasta el punto de volverse uno actor, prestidigitador, seductor -si hay alguna dama cerca-, hermano y hasta compadre de los recién conocidos. Como también presumo de bohemio, dije lo que toda dama dice después de un asedio de años: “Sí”.

Y aquí está la recopilación. En la reunión no cambio los nombres pero aquí sí, por aquello del respeto a los implicados. Y quién quita, al contrario del corroncho aquel, que ninguno quiera alcanzar la dimensión universal.

Por decisión administrativa fue trasladado de la sede central de nuestra empresa a la ciudad de Cali, un ingeniero que iba a hacerse cargo de un área técnica grande en personal y en equipos. Cuando el ingeniero llegó a Cali fue recibido por un trabajador técnico que tenía sobrados méritos para integrar una correccional si hubiera tenido veinte años menos. El técnico se presentó de inmediato ante su nuevo jefe y se ofreció para acompañarlo en el recorrido de presentación del personal. Pero le advirtió: “Ingeniero, qué pena decirle, pero entre el personal técnico que usted va a manejar hay un marica, tenga cuidado”. El profesional, muy decente, le dijo que esas cosas no le preocupaban. Hicieron el recorrido por las diferentes áreas donde el ingeniero observó los equipos, conoció al personal administrativo y al grupo de técnicos e ingenieros. Una vez culminada la presentación y ya quebrado el hielo y en confianza, el ingeniero le dijo al técnico: “Sabe que el personal que usted me presentó me pareció a primera vista excelente, se nota que conocen su trabajo y demuestran responsabilidad. Por ninguna parte me pareció ver a alguien anormal. Usted que los conoce a todos, ¿me puede decir, aquí entre nos, quién es el marica?” El técnico, ofreciéndole la mejilla izquierda, le contestó: “Si me da un besito, le digo”.

Aquí, en mi ciudad, el gerente de turno una vez citó a reunión urgente a todos los jefes de sección, jefes de grupo y de área. El propósito de la aglomeración de jefes era escuchar el último chiste en boca de quien quitaba y ponía en la gerencia.

Después de echarlo (el cuento), el gerente se apoyó en el marco de la ventana que da al Palacio Nacional de Popayán, y a su espalda se oían las carcajadas de todos los jefes, sin excepción. De repente dio media vuelta, observó la unanimidad de la risa de todos sus subalternos, hasta cuando reparó en la seriedad de un obrero -temporal, de otra empresa- que estaba cambiando una lámpara fundida y, a manera de reproche, le increpó:

-¡Y usted por qué no se ríe!

El obrero, indiferente y sin interrumpir su labor, respondió:

-Porque yo no trabajo aquí, señor.

Torres Gallo era supervisor de líneas en la gerencia del Cauca, un cargo importante de la época. En ese tiempo, cuando las culebras tenían patas, había llegado un nuevo gerente, que una vez le cogió confianza al supervisor, le solicitó que fuera el sábado siguiente a su casa para llevar a su esposa a hacer el mercado en el único campero que poseía la empresa, un Land Rover modelo mil novecientos sesenta y ocho.

Torres Gallo, con la buena voluntad que lo caracterizaba, llegó puntual donde la señora, pitó y ella salió con los canastos.

-Usted debe ser el chofer que me mandó Carlos. ¿Cierto?

Torres Gallo se puso serio y le aclaró:

-Sepa y entienda, mi señora, que yo soy el supervisor de líneas y cables de la empresa nacional de telecomunicaciones.

La señora, manos a la cintura y con gesto de matrona del gerente, lo puso en el sitio más abajo que su marido:

-¡Ve qué cosita, y hasta creído resultó el chofer!

Daniel Bustos, un antiguo jefe de la empresa en Buga (Valle), fue comisionado para reemplazar un turno de vacaciones del jefe de la empresa en Popayán. Eran los tiempos en que se daba manivela a los teléfonos.

Don Daniel, ya como reemplazante, viajaba a Buga los viernes en la tarde indefectiblemente y regresaba a Popayán los lunes de la semana siguiente en la mañana. Luz María, supervisora de la empresa, funcionaria muy previsiva en su trabajo, fue el primer viernes, antes del viaje a Buga, a preguntarle a Don Daniel dónde lo podía localizar en caso de una emergencia. Don Daniel, a quien no le gustaba que lo molestaran en su tiempo libre, preguntó:

-¿Y como qué cosa grave puede suceder?

Luz María, muy seria, contestó:

-Por ejemplo, que alguien se muera.

Don Daniel, quien no tenía deudas y menos deudos en Popayán, ordenó:

-¡Pues entiérrenlo!

Mario, revisor de auditoría de la empresa, había faltado a su puesto de trabajo y se rumoraba que estaba bastante enfermo. Después de un largo tiempo, Mario apareció en la cafetería y el ingeniero Marco, también de la empresa, con su característica sonrisa se le acercó y lo saludó efusivo:

-¡Hola, Mario! Por ahí me dijeron que estuvo muy enfermo.

-Pues cómo le parece, ingeniero, que estuve con un pie en la caja y el otro en la tierra.

-¡Uuy! ¿Estuvo a punto de morir?

-No, me estaba haciendo embolar.

Eso de ser tribuno no es para todos. Un jefe de oficina de la empresa, en un pequeño pueblo fue obligado por las circunstancias a inaugurar un servicio en una vereda, antecediendo en la palabra al gerente de entonces. Después de enredarse con casi todas las frases que dirigió a la concurrencia, atinó a cortar el discurso improvisado diciendo: “Yo como soy malo para hablar paja, mejor que hable el gerente”.

En toda empresa siempre hay un empleado que presume lo que no es. En la nuestra ese empleado era celador y como el tipo era impecable en el vestir, con kepis y uniforme bien planchado, mantenía ínfulas de persona importante. En cierta ocasión llegó un periodista a la puerta de acceso y preguntó:

-¿El señor gerente?

El celador, entreabriendo la puerta y presentándose de cuerpo entero, le respondió:

-No, el celador Jaime Ordóñez.

Cuando todavía existían las líneas físicas, los llamados guardalíneas y obreros eran personas importantes en las comunicaciones, aunque bastante ordinarios en el trato. En cierta ocasión al llamado gerente regional, quien administraba una vasta zona que incluía a Valle, Cauca y Nariño, le dio por hacer una reunión en Popayán con los guardalíneas y obreros. Después de la demagogia que se mandaba el gerente, sobre cómo trabajar, cuando ni siquiera conocía un villamarquín, animó a los asistentes para que manifestaran las quejas e inquietudes que tenían. Preciso se levantó un obrero a quien apodaban “Chiguaco”, que dijo más o menos lo siguiente: “Doctor, pues yo estoy de acuerdo que entre compañeros haya más respeto, porque entre nosotros nos llamamos por apodos y eso no debe ser. Nosotros somos personas que tenemos un nombre y entonces pues nos llaman por apodos y eso a uno le da rabia”. Y, dirigiéndose al supervisor, como para tener su aceptación, le preguntó: “¿No es cierto, don Chigüiro?”

Por intrigas politiqueras nombraron a un ingeniero -¡pero qué clase de ingeniero!- como jefe de esta importante oficina de comunicaciones del norte del Cauca. Durante el mandato de este espécimen llegaron unos agentes de seguridad del Estado a solicitarle un permiso especial para monitorear unas líneas telefónicas rurales cercanas al corregimiento de Mondomo (Cauca). El ingeniero los envió con una nota interna donde Raymundo, experto de la central telefónica, para que hiciera los puentes técnicos correspondientes y les facilitara a los sherlock holmes colombianos su labor. Cuando llegaron los agentes y le extendieron la nota al técnico, éste les dijo:

-Señores, lo que ustedes me piden es imposible hacerlo desde aquí, porque las líneas son rurales y dependen de la planta de Mondomo. Se puede hacer, pero desde Mondomo.

Los sabuesos olfatearon que el señor técnico no les quería colaborar y le increparon:

-¡Pero cómo va a saber usted más que el ingeniero! El ingeniero nos dijo que se podía monitorear desde aquí, de esta planta, para no tener que correr riesgos en Mondomo.

-Lo que pasa -les advirtió Raymundo- es lo siguiente: el ingeniero es experto en plantas, pero plantas vegetales; él es ingeniero agrónomo.

Después de asistir a un curso que duró dos semanas en Bogotá, el negro Mina y yo estábamos más aburridos que mujer recién abandonada. Ese viernes hacia las cinco de la tarde quedamos listos para viajar, el negro a Cali y yo a Popayán. Mina viajaba el sábado en Avianca a cualquier hora, en cambio yo tenía que madrugar, también el sábado, a las seis, porque el vuelo de Intercontinental salía a las siete de la mañana y no había más por ese día.

La señora donde nos alojábamos -una residencia donde cabía el negro y yo en una pieza pero en diferente cama- nos ofreció un agasajo de despedida que incluía comida, trago y baile, para que se nos olvidara lo que habíamos aprendido. Ya en plena parranda, le comenté al negro mi preocupación por la madrugada, vaya y no me levantara a las seis, perdiera el vuelo y, obligado, tuviera que quedarme en Bogotá sin plata hasta el domingo.

-Tranquilo, Víctor, me dijo el negro con acento norteño del Cauca, no te preocupés que yo te despierto. Le hice caso al negro y seguí bailando hasta que no di más y me fui a dormir, tipo cuatro de la mañana.

En la algarabía de imágenes de borracho trasnochado oía al fondo unos gritos persistentes que no me dejaban dormir:

-¡Víctor! ¡Víctor!

Me desperté con el sobresalto propio de quien espera un terremoto.

-¿Qué horas son, negro?, pregunté.

-Son las ocho.

-Pero si mi vuelo era a las siete y tenía que estar a las seis en el aeropuerto. Ya lo perdí.

-Tranquilo, Víctor, me dijo el negro corriendo las cortinas y abriendo sus ojos trasnochados de tono café con leche como de grata sorpresa al ver el cielo gris, ese vuelo no ha salido porque el cielo está encapotado. Seguro que si te vas ya, lo alcanzás.

Le hice caso al negro; sin bañarme, sin desayuno, casi sin plata, me fui al aeropuerto. Llegué y pregunté:

-Señorita, tengo viaje a Popayán por Intercon-tinental…

-Uuf, señor, ese avión ya está en Popayán. Salió a las siete de la mañana.

Quedé como quien recibe la noticia de la muerte de un negro querido. Me echaba la culpa, le echaba la culpa al negro; al final desfogué mi piedra con un vigilante, que por mi aspecto y olor me confundió con un reciclador.

Decidí ir hasta la Terminal de Transportes, con la esperanza de dormir las doce horas que dura el viaje en bus. Todo por hacerle caso al negro.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo treinta de dos mil seis

Me dicen que hoy los programas de radio más escuchados son aquellos cuyo lenguaje alcanza la lumpenización. Se necesita tener oído de taladrador de pavimentos para escuchar alguna radio moderna. Ahora, en estos tiempos de estruendos desafinados, de sinfonías metálicas, a los oyentes se les ha perdido el buen gusto que no es otro que hablar bien -usar los términos precisos- y oír bien -evocar palabras como arpegios musicales-. Hay, en nuestro vasto idioma, palabras que tienen la delicada misión de insultar en forma decente, y otras, agrestes, que atacan con violencia y sevicia. El público, por lo que me han contado, prefiere estas últimas y también las primeras.

La radio dejó de ser un medio cultural y pasó a ser un fin comercial: se cambian sancochos por lisonjas. En otros diales la chabacanería hace curso: el locutor de turno -cuya voz es tan desagradable como una balinera oxidada- pretende dar cátedra de buen comportamiento político indicando a sus oyentes cómo deben votar, cuando es al extremo ignorante de las tendencias políticas y aún más del comportamiento de las masas, que sí saben de política. El resultado inevitable es el coro de risas de esos oyentes antes de las elecciones y la frustración desesperada del cotorro aprendiz de politólogo después de ellas.

A algunos comunicadores les pasa lo mismo que a ciertos funcionarios estatales, que cuando tienen un micrófono y se lo llevan a la boca creen que todo cuanto dicen es la pura verdad; los empleados del Estado de que hablamos creen que el cargo los llenó de sabiduría aunque no hayan pasado y menos entrado a la Universidad. Por eso oimos a locutores que opinan de todas las ramas del saber sin saber y a funcionarios que ordenan para después des-ordenar, porque eso de estrellarse contra la realidad es tan revelador como entender que no se entiende.

En cierta ocasión un locutor que no era ducho en términos de pesca y sabía menos de geografía local, entrevistaba a un miembro del club de caza y pesca de esta región, plena de truchas y tilapias. El pescador dijo que en la población de Mojarras -al sur de Popayán- había pescado diecisiete zabaletas, con lo cual pretendía incentivar el deporte de la pesca hacia esa zona. Después hablaron de las posibilidades de una comercializa-ción de los peces, construyendo criaderos artificiales. Finalmente el locutor volvió a referirse a la pesca inicial del entrevistado para confirmar la cantidad y le preguntó: “¿Me recuerda usted cuántas mojarras pescó en Zabaletas?”

No dejan de ser simpáticas las metidas de pata de nuestros comunicadores. Si aquí relaciono algunas es por su contenido de buen humor y en ningún momento para someterlos a la cursilería ni a la descalificación. Tampoco se debe ser absoluto y decir que todo el gremio es ignorante o ridículo. Hay comunicadores -lástima que sean poquitos- soberbios en el decir, cultos e inteligentes; son los que conservan un alto nivel en esta actividad y nos mantienen pegados al artefacto ese de transistores, parlante y perillas.

Me acuerdo de que en Silvia -población fría y alta al oriente de Popayán- estaban entrenando unos ciclistas italianos que iban a participar en la vuelta a Colombia en bicicleta de la época. En ese lugar se encontraba un comunicador de reciente promoción, quien al verlos -tan altos y monos como son los norteños de Italia- se emocionó tanto que pidió cambio a la emisora principal con el propósito de entrevistarlos en vivo y así causar el impacto de la “chiva”, como se dice en el periodismo. Cuando le dieron el cambio, el novel reportero les hizo señas a los italianos para que se acercaran a hablar por el micrófono, pero éstos, más despistados que un gorrión en un gallinero, le hacían entender que no hablaban español. Entonces el comunicador utilizó el recurso más inmediato, extendió el micrófono y les dijo: “Tranquilos, hablen por aquí que allá les entienden”.

En el argot radial se denomina bache a ese espacio silencioso que hay en una transmisión y que produce angustia en los directores ante el temor de que el oyente cambie de emisora al no escuchar ningún sonido. Pues bien, a nuestra tierra llegó un paisa como gerente de una de las estaciones radiales de mayor aceptación, quien no tenía idea de qué era una emisora ni para qué servía. Pasados quince días de su gestión, apareció el lambón, que no falta, para decirle, a manera de felicitación, que desde que él había llegado se acabaron los baches. El gerente lo tomó como una deficiencia de su parte e inmediatamente ordenó con su acento paisa melodramático: “¡Si se acabaron los baches, pues mandémolos a traer de Medellín!”

Un coleccionista de música vieja montó un programa en una de nuestras emisoras locales y tuvo amplia aceptación. El problema era que él no poseía las cualidades de un locutor presentador, ni la plata para contratarlo, de ahí que decidió presentarlo asumiendo los riesgos, legales ante el Ministerio de Comunicaciones y radiales ante sus oyentes. Como dice la Ley de Murphy, lo que se hace mal, continúa mal y termina mal. Al programa llamaban numerosos oyentes solicitando canciones viejas de los años de mamá upa, al punto que nuestro coleccionista se consideró autorizado para salirse del libreto e improvisar: “Como llaman muchos oyentes para pedir más música vieja, hemos decidido anchar el programa”.

A veces las secretarias captan la idea del gerente hasta la mitad y sobreviene la consabida “metida de pata”.

El gerente de una conocida emisora le ordenó a su secretaria:

-Doris, por favor me llama al rector del colegio “Ezequiel Hurtado” de Silvia, que necesito hablar con él.

Doris, que por esos días suspiraba por un gordo que bostezaba insinuante, nada pichicato pero ingrato, a quien tenía al frente, dijo sin reparar en su jefe:

-Ya lo llamo, doctor.

Entre risas y coqueteos con el gordo, Doris cogió el teléfono y marcó.

-Aló, ¿señor?

-Habla el secretario.

-Ah, ¿el señor secretario del colegio? Es de parte del gerente de Caracol. ¿Por favor me pasa al señor Ezequiel Hurtado?

-Señorita, eso es imposible.

-¿Imposible? ¿Por qué?

-Señorita, el señor Ezequiel Hurtado murió hace como cien años.

La radiodifusión tiene la ventaja de la inmediatez. Lo que ahora se llama acción en tiempo real, la radio lo viene haciendo desde antaño, cuando se ponía a funcionar la imaginación. Y hablando de imaginación, hoy los únicos seres que la usan son los radioyentes. Y si no, dígame cómo se imagina un oyente un campo de fútbol cuando el narrador dice que el jugador tal “lleva la pelota por terreno plano”. También sucede que la imaginación se rebela y no acepta eso de “le manda una pelota larga”. Sí, en el fútbol ocurren muchas incongruencias derivadas de utilizar sinónimos reforzados, unidos a un presunto conocimiento técnico del oyente; así, por ejemplo, alguien lego no entendería la expresión “el líbero se impulsa y con palanca derecha saca la pecosa de las cinco con cincuenta”.

Decíamos que la radio tiene inmediatez. Esto es posible porque en todas partes hay corresponsales espontáneos. Me tocó ser oyente hace tantos años -que no digo para no parecer longevo, que es la peor de las enfermedades- de un acontecimiento que puso en riesgo a la isla de San Andrés. El peligro al final de cuentas no fue tal, sino que el corresponsal de aparición súbita lo llevó al extremo por un pequeño detalle.

Estaba oyendo un programa musical de mi predilección, cuando la emisora lo interrumpió para dar paso a una noticia de última hora. Se trataba de un fuerte vendaval que azotaba a las islas en ese momento, y para ser fiel al eslogan de “desde el lugar de la noticia” le dieron paso a un corresponsal improvisado, quien, acoquinado por la agitación, no creo que por el fenómeno natural sino por la responsabilidad de hablar para todo el país, dijo: “En este momento el vendaval es tan fuerte que ha producido una grave inundación en la isla. Se calcula que el nivel de las aguas está por encima de los cincuenta metros”. Bueno, uno entra en un pánico inicial -¿El señor estará en el cerro más alto?- que cede luego a la hilaridad -el señor se equivocó, se asustó o no está seguro del sistema métrico decimal-.

Después de un tiempo, cuando la duda hacía aguas, apareció otro corresponsal menos improvisado que aclaró: “El nivel de la inundación alcanzó los cincuenta centímetros”.

Ahí apagué el radio y prendí el tocadiscos con sonido propio para escuchar mis canciones en setenta y ocho revoluciones por minuto.

viernes, 10 de julio de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo veintisiete de dos mil seis

Los jóvenes de colegio acaban de presentar los llamados exámenes de Estado para ingreso a la Universidad. ¡Pobrecitos! Las tres cuartas partes no ingresarán y tendrán que bandearse en un país donde las oportunidades son abundantes para pasar de clase media a clase marginada. No hablo de los ricos, porque ellos tienen resuelto el problema desde que nacieron y porque no faltará, si lo hago, quien me sitúe en la clase social de los desagradecidos, calificativo más sutil que el de los resentidos. Confrontando con Europa, aquí faltan universidades y sobran estudiantes, allá faltan estudiantes y sobran universidades. En una calle europea uno ve muchos viejos, pocos jóvenes y ningún niño; en una calle de Latinoamérica se ven muchos niños, muchos jóvenes y uno que otro viejo. No presumo de haber estado en Europa, sucede que tengo amigos que han ido allá y yo les creo, porque me lo han contado en tragos. (¿Hay alguien más sincero que un borracho?) Los sociólogos que nunca se equivocan, porque van de la mano con los estadígrafos, dicen que este continente es del futuro. A mí me parece que es de un futuro incierto, pero no pienso contradecirlos. Sólo expongo mi teoría.

¿Esa cantidad inverosímil de jóvenes que no ingresan a la Universidad dónde irán a prepararse para afrontar la vida que les espera? Tampoco quiero presumir de político -que lo es, en la medida en que desprecia a la humanidad-, ni antropólogo -que lo es, en la medida en que la ama-, para determinar el destino de esos jóvenes. Me atengo a las consecuencias y estas me dicen que es un valioso recurso que Colombia pierde inexorablemente. ¿Hay algo más importante que una juventud educada y lista para engrandecer la patria? Ese valor tan importante -tres cuartas partes, cada año- se despilfarra y hunde el desarrollo de cualquier país. Ya lo quisiera Europa para ser potencia mundial. Nosotros nos conformamos con ser potencia moral, que no es otra cosa que la abundancia de esa planta que se da exuberante en espinas y lánguida en frutos.

domingo, 28 de junio de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo veintiséis de dos mil seis

Tuve la oportunidad de asistir a tertulias femeninas donde era el único varón, no colado sino invitado. Este tipo de tertulias son bien simpáticas. Aquí las mujeres casadas hablan de las peripecias de sus maridos, y las separadas de las travesuras de sus hijos, pero siempre hablan de hombres. Los amantes no tienen registro. La única alusión, casi superficial, fue cuando una de ellas dijo que llevaba cinco años de buen sexo, es decir cinco años de separada. Pero todas a una, seguro por mi presencia, cambiaron al tema intrascendente de los párvulos inteligentes que tenían en casa. Esta actitud confirma que los amantes son para uso privado y eso lo tienen bien claro nuestras féminas. A los hombres nos falta aprender...

Las tertulias femeninas rescatan la calidad de héroes de los hombres objeto de sus favores. De los maridos siempre refieren sus audacias, incluidas sus escapadas que ellas permiten para que los zoquetes se sientan conquistadores de su libertad. Consideran hasta sano que el esposo tenga aventuras intrascendentes, no le permiten que se enamore. Le soportan que llegue a la madrugada oliendo a borracho recién bañado, para que lo desvistan por segunda vez, pero que llegue. No admiten que no llegue. Si se queda una vez, puede quedarse dos y así hasta que no vuelve. He allí el peligro. (Pensar que he aprendido, ahora, estas actitudes desconcertantes cuando ya no me sirven para nada.)

También, en las tertulias femeninas, aparecen chistes ingeniosos como uno del que ahora me acuerdo, relatado por Anita.

Resulta que a la familia Bastidas le dio por ir de visita donde la familia Valencia. (En Popayán se acostumbran las visitas en guasanga y sin avisar.) Cuando llegó la familia Bastidas tocó el timbre y de adentro de la casa gritaron: “¡No hay nadie!” Los de afuera aclararon: “¡Menos mal, porque no vinimos!”

Me sé otro, pero no recuerdo quién lo relató; a veces es difícil distinguir cuando todas las damas hablan al mismo tiempo:

Los psicólogos del colegio -tan simpáticos ellos- convocaron a los padres de familia a una reunión de incentivo direccional a los niños. Dentro de las instrucciones impartidas para que los párvulos adquirieran esa superación personal tan necesaria en esta época de competiciones, recomendaron que siempre les dieran a los hijos el trato de campeones. Así, por ejemplo, debería llamarse al niño por la mañana: “¡Hola, campeón, cómo amaneciste! Campeón, cómo te fue en el colegio; campeón, qué tareas te pusieron ”. Y cada vez que se dirigieran a él lo llamaran campeón.

Pero había un padre que estaba muy triste y los psicólogos -tan simpáticos ellos- se dieron cuenta y le preguntaron:

-Señor Ocampo ¿qué le sucede que está triste?

-Yo no puedo hacer lo que ustedes recomiendan.

-Y eso ¿por qué?

-Porque el perro de la casa se llama Campeón.

En cierta ocasión se me ocurrió decir que, por los tiempos que transcurren, el hombre moderno debe tener una mujer que lo mantenga. De inmediato ampliaron la teoría: es preferible que tenga dos para que coma doble.

Las damas de la Tertulia no se quedan con nada. Otra vez, por dármelas de gracioso, les dije que llevaba veinte años de casado tratando de separarme y no había podido. Les pregunté, mirando a las separadas, cómo se hacía y me dijeron casi en coro: “Pues tomá la decisión y separate ”. Esa solución no me sirve, les advertí, porque quiero que la tome ella. “Uuy, mijito, vos no querés separarte, es mejor que sigás jodido que así estás contento ”.

jueves, 11 de junio de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo veinticuatro de dos mil seis

Comenzando el siglo veintiuno, aún subsisten los círculos de amistades afines en costumbres e intereses, denominadas tertulias. Aquí, en Popayán, quedan algunas de ellas que no alcanzan la dimensión de conspiradoras, como se estilaba en los tiempos de Antonio Nariño y Simón Bolívar. Nuestras tertulias son conglomerados de ebrios de arte, poesía, política y ron. Aunque después de los sesenta -años, claro está- los contertulios veteranos se pasan al whisky rebajado -cada vez que compran piden rebaja-, porque existe la creencia de que es un licor menos dañino, que lo máximo que hace es dejarlo a uno medio pendejo, a punto de dormir sin cabecear y sin que se le suba la presión; exalta la elocuencia y apachurra al locuaz; sirve para oír música sinfónica porque se le destapan los oídos, estimula el sentido musical y posa uno de mejor familia.

En estas tertulias no hay un tema predeterminado, tampoco hay moderadores, nadie trata de imponer su criterio -lo mismo que en un matrimonio por conveniencia-, se puede estar o no de acuerdo con lo tratado -como en un directorio político- y se puede rajar de todo el mundo ausente -como en un té canasta para señoras respetables-, también se puede tomar el trago que se lleve, o el que lleve el vecino -si el contertulio es tacaño-. Y si la edad lo obliga y el tema es árido, tiene derecho a dormir sentado -como los conejos- sin que nadie perturbe su plácida evasión.

Es un espectáculo de amistad con buena dosis de ejercicio intelectual. De las tertulias han surgido episodios que no se llevaron a la literatura y tienen el valor de lo anecdótico que no es otra cosa que la oportunidad en el gracejo, la gracia de lo obvio, la desfachatez de lo natural. A veces pasan de boca en boca epigramas ingeniosos que se construyeron en esa atmósfera de inteligencia silvestre, hasta cuando un ordenado participante los llevó al libro y se salvaron de ser difuminados en el tiempo. Me refiero a ese gran maestro y amigo Guido Enríquez, quien me zampó a la Tertulia Payanesa de donde no he querido salir.

Voy a hacer un gran esfuerzo -equivalente a pagar impuestos atrasados- para traer aquí algunos de esos episodios que no dejan de causarnos tanta gracia aun después de haberlos vivido por varios momentos.

En cierta ocasión alguien citó lo que le pasó a “Chucho” Perafán, amigo común de un empresario de pompas fúnebres. Después de hacerle la visita para felicitarlo en su nuevo negocio -eso de enterrar muertos ajenos-, “Chucho” se despidió y el empresario le dijo: “Vuelva, por aquí a la orden”. Al instante nuestro amigo correspondió: “Gracias, cuando me muera vengo”.

Sobre el “Genio” Castrillón -de buena familia y lánguidos dineros- citaban algunos hechos bien graciosos, como el que sucedió en el Café Alcázar antes del terremoto de mil novecientos ochenta y tres. El “Genio” Castrillón, que bebía más que caballo de hipódromo, llegó al café citado y no faltó el atorrante que le cargaba inquina quien, después de estar sentado, se paró y le lanzó el máximo insulto: “¡Hijueputa!” El “Genio” Castrillón serenamente le reconvino: “Sentate, que no estoy llamando a lista”.

Decíamos que el “Genio” Castrillón bebía en exceso y frecuentaba el Café Alcázar. A propósito, el Paraninfo Caldas quedaba a media cuadra del Café dicho y en esos tiempos, cuando Julio César Turbay era presidente de Colombia, a la Universidad del Cauca le dio por graduarlo Honoris Causa, para que a nuestro país, siguiendo la tradición doctoral, no lo gobernara un bachiller de malas notas.

Pero la Universidad no contaba con el “Genio” Castrillón. Después de la ceremonia el Doctor Turbay y su comitiva pasaron frente al Café Alcázar haciendo festejos desmesurados. El “Genio”, extrañado por tanto ruido, preguntó qué pasaba. Alguien le dijo que al doctor Turbay le habían dado un grado. Entonces el “Genio”, cual soberbio tribuno, gritó: “¡Tanta bulla por un grado!” y, levantando la copa de aguardiente, terminó: “¡Yo aquí me voy a zampar veintiocho grados y nadie hace escándalo!”

Hubo un episodio narrado por un contertulio (alejado más que allegado a la familia protagonista) que mostraba cómo ante una tragedia se tienen que eludir los trámites burocráticos entre dos países hermanos para evitar la bancarrota. En este caso la tragedia fue doble.

Una familia colombiana pasaba unas cortas vacaciones en el vecino país del Ecuador, cuando todo se pagaba en sucres. El cambio era cuatro sucres por peso. (¡Ah tiempos aquellos, uno levantaba novia con quinientos pesos y le daban vuelta!) Todo era divertido, desde la comida

-que era pasable con ají, pero barata- hasta la recreación, que era novedosa por los paisajes y la gente sencilla y laboriosa. Cuando la familia se acercaba, de regreso, a la frontera en Tulcán, le sobrevino un infarto fulminante a una tía soltera, de edad madura -misía Rosmira, la vecina, decía cañenga-, ante cuyo suceso nada pudo hacer el sobrino médico del grupo. Los familiares se tragaron la pena, lloraron hasta escurrirse, y ante la posibilidad de enfrentar los trámites de traslado del cadáver de un país a otro con los consiguientes costos y demoras, decidieron envolver a la tía muerta en una colchoneta, amarrarla y subirla a la parrilla del vehículo en la capota. De esta forma pasaron la frontera sin contratiempo, como turistas en vacaciones, y llegaron a Pasto (Colombia) con destino a Popayán. Ya en Pasto, decidieron comer en el primer restaurante que encontraron donde no había cuy pero sí habas, pollo y maíz. Una vez satisfecho el hambre con la tacasca que les sirvieron, hubo disposición de continuar el viaje. Cuando vieron el carro, la sorpresa fue aterradora: ¡unos ladrones se habían robado la colchoneta con todo y cadáver adentro!

Ante la nueva situación sobrevino el raciocinio con la resignación. No se podía denunciar el robo por las implicaciones judiciales que conllevaba. Los ladrones -pastusos tenían que ser- tendrían que enterrar a la muerta, lo cual salía más caro que la colchoneta, sin decir nada a nadie, para no verse involucrados en la tragedia. Esa vez, la familia regresó a Popayán con un miembro menos. Sobra decir de la tía, que si nadie se enteró de su existencia mucho menos de su muerte. Estas son las ventajas de la soltería.

En otro episodio se muestra cómo uno no debe meterse en lo que no le importa. (Me acuerdo de que mi papá siempre me decía: “No se meta en peleas que no son suyas”. Yo le hice tanto caso que tampoco me metía en peleas propias.) Aquí aparece implícita la enseñanza a manera de moraleja. De lo que sí estoy seguro es que la narración es fantástica y muestra hasta dónde llega la capacidad de invención de los miembros de la tertulia. Ese ron es bueno cuando se revuelve con whisky.

Durante varias semanas una señora llevaba flores a su difunto esposo enterrado en el cementerio central -el único territorio de paz despejado-. Siempre, en cada cambio, variaba el tipo de flores, unas veces llevaba claveles, otras begonias, ramos de azucenas y atados de rosas. Al lado había una tumba de un chino -de la China-, donde su viuda le llevaba a diario un plato de arroz. En varias oportunidades coincidían, mientras una colocaba flores, la otra dejaba el plato de arroz en las tumbas de sus respectivos consortes. Una vez la señora de las flores le preguntó a la china: “¿Cuándo sale el chino a comer el arroz?” La china le respondió en el acto: “¡Cuando salga su marido a oler sus flores!”

Otro de la Tertulia, narrado por Mario Perafán:

Quiceno, hacia los años mil novecientos cuarenta y pico, quería ser cadenero de los Ferrocarriles Nacionales de Colombia. Para cumplir su propósito tenía que someterse a unas pruebas de reacción e iniciativa que hacía la empresa. Después de aprobar todas las que le pusieron por delante, le hicieron la última. El llamado Ferrocarril del Pacífico por esos lejanos calendarios conectaba la trocha angosta entre Cali y Popayán, con desvío a Santander de Quilichao por Timba. Aquí, en Timba, se formaba un crucero entre Cali, Santander de Quilichao y Popayán.

A Quiceno le pusieron el siguiente problema:

-Usted qué hace si viene un tren de Cali con dirección a Timba, viene el autoferro de Popayán hacia Timba y un tren carguero parte de Santander hacia Timba, todo al mismo tiempo.

-Pues yo llamo a Paula.

-¿Paula? ¿Quién es Paula?

-Mi esposa.

-¿Y para qué llama a Paula?

-Pues, para que vea el choque tan hijueputa.

El siguiente apunte sobre su papá fue contado por “Masitas”; el apellido lo delata de inmediato por el texto.

Zúñiga, quien en los años ochenta poseía un automóvil Studebaker modelo mil novecientos cuarenta y nueve, decidió ir a los llanos orientales de Colombia a visitar a su hijo que prestaba el servicio militar. Una vez culminó la visita ya iba a emprender el regreso desde Yopal (Casanare) cuando una señora, preocupada por el viejo, le puso en duda su retorno:

-Señor Zúñiga, ¿usted sí cree que con ese carro llega a Popayán?

-Mire mi señora, si este carro fue capaz de viajar de Estados Unidos a Colombia, ¿cómo no va a ser capaz de ir de aquí a Popayán?

A las termales de Coconuco (Cauca), por su exuberante belleza, siempre llegaban extranjeros, europeos, japoneses y norteamericanos. En cierta ocasión llegó un gringo a quien la abstinencia sexual lo tenía morado de piel en vez de rojo como se manifiesta en esas alturas. El gringo, al primer aldeano que se encontró, quien resultó ser Segundo Piso, amigo de Guido Enríquez, le preguntó ansioso y un poco trabado en las palabras:

-¿Señor, aquí no haber casas de lenocinio?

-No señor, aquí todas son de paja.

“Chucho” Perafán quien, cuando no está en la plaza de toros, se la pasa lidiando los avatares de la vida, calle arriba y calle abajo, relató las siguientes anécdotas.

El “Mono” Meza, ciudadano con prestigio bien ganado de persona correcta, en alguna oportunidad necesitó un vehículo para hacer una diligencia en el sector de Chuni, al occidente de Popayán. La persona más inmediata para prestarle el carro era Naranjo quien tenía fama, también ganada, de no hacer favores y menos soltar el carro. Meza no tuvo otra que suplicarle a Naranjo la urgencia que tenía para que le prestara el Volkswagen, automóvil pequeño pero versátil, en la absoluta seguridad de que se lo cuidaría como a la niña de sus ojos. Al fin cedió Naranjo y le soltó el vehículo. El “Mono” Meza llegó a Chuni, hizo la gestión urgente que tenía que hacer y al dar reversa para volver al centro golpeó el auto contra un poste. Se bajó el “Mono” con la cabeza a dos manos y observó que le había roto la farola trasera izquierda. De inmediato se dirigió al Barrio Bolívar a un almacén de repuestos eléctricos, donde le colocaron una farola nueva.

Hecho esto el “Mono” Meza fue a devolver el Volkswagen. Le pasó las llaves a Naranjo y le agradeció; este dijo que a la orden, no muy convencido. Entonces el “Mono” instó a Naranjo para que mirara el carro que estaba en perfectas condiciones. Naranjo no quería porque se encontraba muy ocupado en su negocio, pero el “Mono” insistió; le pidió que diera la vuelta al carro. Ahí fue cuando Naranjo se sorprendió y le dijo al “Mono” Meza: “¡Ve, qué raro, el carro tenía la farola trasera izquierda rota y ahora está buena!”

Un conocido latifundista de quien no digo su nombre porque se levanta de la tumba, llegó a su hacienda para pasar revista. De inmediato salió el mayordomo para atenderlo y recibir instrucciones.

-Mirá, Pedro, vacunás al caballo que está renco; alistás esta silla para reparación; me separás las bestias que llevaremos mañana al potrero cuatro para una revisión del veterinario; traes la jáquima nueva para probarla en la yegua Margarita. ¡Oís, hijueputa!

-¡Ay, doctor! ¿y por qué me insulta?

-No, era para saber si me estabas oyendo.

También hay espacio para la poesía, que es buen decir y mejor pensar, dos deleites simultáneos. Efraín Alegría, decano de la Tertulia Payanesa, citó los siguientes versos, recogidos cuando el poeta Marino Balcázar Pardo estaba atisbando el viaje eterno:

Son los últimos versos que yo escribo

al pretender que todo ya fenece.

Con estos versos cubriría el olvido

en el rincón donde el recuerdo crece”.

Los epigramas, en la Tertulia, están a la orden del día como el menú en restaurante fino y aparecen cuando alguien los inspira. Por estas calendas

-como dicen los penalistas en trance de impresionar al juez-, una dama de perturbadora belleza llega algunas veces a participar en las discusiones, se aprovecha de nuestra debilidad de género para hacernos parpadear como sapos en tomatera biche; su inteligencia es un atributo más, en medio de una risa de modelo de crema dental, de unos ojos de felino encanto, de una simpatía que atrae irresistible hacia el pecado consumado. Por leve tiempo se dedicó a mí y me inspiró. Entonces empecé a competir con los mejores versificadores de la tertulia:

“Esa chica mi pasión perturba

se acerca íntima a mi hombro

rodeo su fina cintura y logro

el infinito placer que más turba”.

Lo que puede una mujer con su atracción; volverme yo un bardo incipiente, caer en el ridículo de la poesía desleída. Que no lo sepa ella porque lo más probable es que me retire la mano de las partes nerviosas de mi cuerpo, me coloque en el lugar de sus conquistas exóticas (ojo, no eróticas) y me toque perder la ilusión de llegar hasta donde hace estrip tis antes de dormir.

Mejor citemos, estos sí, epigramas bien logrados por expertos en el tema, que no se dejan arrastrar por un arrebato de senil pasión.

El siguiente epigrama es de Vicente Paredes Pardo, quien hace varias lunas hizo parte de la Tertulia Payanesa, y se refiere a un hecho real que sucedió a principios del siglo veinte en Popayán.

En esos tiempos se acostumbraba cuidar la virginidad de las señoritas como un tesoro y se las sometía a cuidados intensivos, como no tener novio sino hasta la edad de merecer que se ubicaba en los veintiún años. Pero como para el amor no hay barreras y si las hay se aplanan, resulta que un tal Bedoya de apellido, utilizaba el caballo para visitar a su novia clandestina que vivía en una casona de grandes ventanales. Bedoya se paraba en los estribos para alcanzar, cual nicho, a su amada en la ventana. De estas sucesivas visitas la doncella, a quien cuidaban tanto sus padres, resultó embarazada sin salir de casa. Enterado Vicente se jaló el epigrama que reza:

“La chica a quien Bedoya

con métodos recursivos

le hiciera perder la joya

sin perder él los estribos”.

Vicente Paredes Pardo algunas veces utilizaba el retruécano como recurso en sus epigramas. Los siguientes fueron citados en una sesión de la Tertulia:

“Le dijo a su esposo, Rosa:

la cosa que nos separa,

es simplemente una cosa:

la cosa que no se para”.

“Como hoy la virtud no cuenta

y el amor libre prospera

es lo mismo, quién creyera,

una parienta soltera

que una soltera parienta”.

Para que noten la genialidad de Vicente Paredes Pardo, relato dos anécdotas citadas por miembros de su familia.

En cierta ocasión, enfermó grave Vicente y en un dos por tres fue llevado de urgencia a la clínica Futuro, la que ahora llaman del Seguro Social y mañana quién sabe cómo le pongan. Tan grave estaba, que hasta le llevaron los santos óleos. El cura de confianza se encargó de la comisión.

Sin embargo, a los tres días del episodio Vicente estaba de maravilla. Alguien le preguntó que si estuvo a punto de morir, cómo era eso que ahora estaba sano, como si nada. Y Vicente, como si nada, aclaró:

-Pues hice lo de los empleados públicos: recibí los viáticos pero no viajé.

Otra anécdota:

En la calle del comercio de Popayán estaban, uno al lado del otro, los almacenes de Gustavo Porras y Elvio Muñoz. Elvio, desde muy joven, fue operado de la garganta, razón por la cual hablaba como si tuviera una flema a punto de escapársele.

Con los años, Gustavo le compró a Elvio su almacén; de ahí que por un tiempo Gustavo se paraba a la entrada del almacén de Elvio. Estaba en esas, cuando pasó Vicente Paredes Pardo y le gritó desde la acera de enfrente: “Hola, Gustavo, ¿vos cambiaste de almacén o el almacén cambió de voz?”

También Guido Enríquez relató el siguiente epigrama, cuando en cierta ocasión un extraño en la calle lo abordó efusivo: “¡le presento a mi noble y grande amigo, el poeta Daniel Gil Lemos!” La respuesta inmediata de Daniel fue:

“Lo de noble ya lo sé,

lo de poeta, convengo,

pero lo grande que tengo,

¿Cuándo me lo ha visto usted?”

Lo que sigue fue citado por un contertulio en carretera para que yo manejara el vehículo con sonrisa y sin sueño:

“Los vecinos de un pueblo del Levante decidieron comerse un elefante,

y el animal, celoso de su oficio,

con la trompa tapaba el orificio”.

Moraleja:

Al que le dan por el culo

es porque se deja.

“Voy a hacer un barbarismo

que nunca nadie lo ha hecho

y es ponerme bien arrecho

y metérmela yo mismo” .

Con estas picarescas estrofas, ¿quién duerme?

En visita de Noguera -sí, el de Las Américas- a la Tertulia nos obligó a reflexionar sobre la inteligencia de los ilustrados y la viveza de los deslustrados, después de oírle el siguiente relato:

Por esos azares del destino, en alguna oportunidad tuvieron que viajar juntos un eminente científico (PhD) y un campesino jornalero de escasos tres años de primaria. El viaje duraba casi diez horas en tren.

En tales circunstancias el científico se inventó un juego para que interviniera el campesino y así el viaje fuera placentero aunque no corto. El científico entró en diálogo con el campesino.

-Hagamos lo siguiente: usted me hace una pregunta; si no soy capaz de responder, le doy cien mil pesos. En cambio, si yo le hago la pregunta y usted no es capaz de responder, me da diez mil pesos. ¿Estamos de acuerdo?

El campesino asintió con la cabeza.

-Bueno, empiezo yo, dijo el científico. ¿Cuáles son las capas de un átomo?

El campesino, sin dudarlo, sacó los primeros diez mil pesos y se los pasó al científico.

-Ahora le toca a usted, dijo el científico.

El campesino preguntó:

-¿Cuál es el animal que por la mañana sube la montaña en tres patas y por la tarde baja en cuatro?

El científico se rascaba la cabeza, miraba para el horizonte, se cogía la nariz, tosía, carraspeaba, hasta que dándose por vencido sacó cien mil pesos y se los pasó al campesino.

Cumplido el compromiso, preguntó enseguida el científico:

-¿Y cuál es ese animal?

El campesino, otra vez sin dudarlo, sacó diez mil pesos y se los pasó al científico.

Algunas invitadas dejan su impronta femenina en visita a la Tertulia; así lo hizo Ruth, una promotora de proyectos culturales, cuyo nombre completo no supe por estar pendiente de su otra acompañante, culta, corta de palabras y larga de miradas.

Dos viejitos, hombre y mujer, regularmente iban al parque a arruncharse, vale decir, a acariciarse todo, incluidas las partes blandas, para no decir íntimas. Esa sesión la hacían todos los días en horas de la tarde, casi noche, cuando los conos y bastoncillos ópticos no distinguen un bulto alargado en la penumbra. El cuchitanteo se prolongó por varios meses.

Después de un tiempo prudencial -si lo extiendo se me mueren los catanos- el viejito fue al parque sin la querida de siempre y en cambio llevó a otra viejita igual de cariñosa, si no más. Enterada la primera le hizo el correspondiente reclamo al viejito:

-¿Bueno, y esa otra vieja qué tiene que yo no tenga?

El viejito, acompañando la respuesta con una tembladera, dijo:

-Parkinson, mija, Parkinson.

Como en una tertulia se habla hasta de los muertos, hubo una sesión donde sacaron tres cuentos de Manuel y Rodolfo, famosos en Popayán por ser millonarios y tacaños al extremo. (Precisamente fueron millonarios porque primero le jalaron a la tacañería.) La condición de famosos ha ido atenuándose después de que se fueron a abonar tierra de cementerio y los herederos volvieron caldo de cuyes la herencia.

El primero se refiere a esa vez que Rodolfo invitó a Manuel a comer gelatinas por la sexta con octava, donde Clemencia, que las hacía muy buenas. El plato lo servían con gelatinas de dos en fondo y un vaso de agua; Rodolfo pidió dos platos que valían cuatro centavos, a centavo la gelatina; el agua era gratis. Una vez terminado el par de platos, Rodolfo le dijo a Manuel que si quería más; Manuel dijo que sí. De inmediato Rodolfo ordenó:

-Clemencia, me trae otros dos platos pero sin gelatinas.

En otra ocasión Manuel se dedicó a perseguir, palo en mano, a un ratón que rondaba su casa, con tanto estruendo que los vecinos se dispusieron a ver el espectáculo.

Observaron que después de dar varias vueltas el ratoncito, cansado, se puso de rodillas; lloroso y suplicante le dijo a Manuel:

-Por favor Don Manuel no me mate, que yo sólo duermo en su casa pero como donde don Rodolfo.

En la piscina municipal se encontraron Manuel y Rodolfo, ambos en traje de baño, que tapaba más de la cuenta y destapaba un tris.

Les dio por ir una apuesta que consistía en que el que aguantara más resuello se ganaba cinco centavos. Pues Manuel y Rodolfo se tiraron a la piscina y se ahogaron.