lunes, 1 de junio de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo dieciocho de dos mil seis

Mientras escribo, estamos en procesos electorales para elegir representantes a las cámaras legislativas. Hay candidatos para todos, pero no hay electores. Algunos aspirantes al Congreso son tan ignorantes que ignoran  la inteligencia de los posibles votantes y lanzan frases huecas como: “La fuerza que decide”. Hasta donde alcanzan mis entendederas la fuerza no decide, la fuerza se impone. Había por ahí una candidata que era más realista y el eslogan de su campaña era: “En defensa de lo nuestro”. En la fotografía de la aspirante aparecía toda su familia, papá, mamá, esposo, hijos, sólo faltaba el perro. Creo que ella ganó porque el mensaje que llegó a sus electores era que defendía a su familia y si no salía electa pues se iban a la quiebra. En este caso el electorado fue solidario con ella y además le premió su franqueza. Después del éxito de esta candidata seguramente veremos en el futuro a otros ganadores con la misma fórmula y frases impactantes como: “Vote por mí, que estoy en la ruina”, “Quiero poner un negocio, vote por mí”, “Mis hijos quieren entrar a la Universidad, vote por mí y ellos irán”. Y si las cosas se degradan al extremo, es posible que veamos invitaciones a votar todavía más agresivas como: “Soy corrupto, vote por mí y haremos un gran negocio”.

 

Había también candidatos cándidos cuando en su publicidad decían: “Habla con la verdad”. Hasta donde sé, en política las verdades son relativas, no absolutas. Lo que para un político es verdad como por ejemplo aseverar que la causa de la pobreza está en el sistema político, para otro la causa está en el sistema económico y ambos tienen razón desde su concepción política. Bueno, me puse trascendental. Mejor no sigamos hablando de política, porque corremos el riesgo de ponernos de acuerdo.

 

Más bien sigamos repasando la publicidad de las campañas que es más frívola y se presta para rajar, que es nuestro deporte nacional. Me llamó la atención una valla inmensa que decía: “Todo se puede”. Este candidato no fue elegido, por lo tanto se cumplió la frase, todo se puede, hasta “quemarse”. Otra rezaba: “Honradez y trabajo”. Si fuera por honradez y trabajo, todos los colombianos de este y del otro montón saldríamos elegidos.     

 

Finalmente me acuerdo de una publicidad que reiteraba la salida de las ratas del Congreso. Según las últimas noticias,  el aspirante a la reelección como senador -titular de esa campaña-  no salió reelecto, entonces uno se pregunta: ¿salieron todas o algunas ratas del Congreso?

 

Hechas las sumas y restas y el consabido balance, la abstención alcanzó un guarismo de setenta por ciento. Esto quiere decir que el día de elecciones la inmensa mayoría de posibles electores le concedió más importancia a rascarse las partes más sensiblemente placenteras del cuerpo boca arriba, que a participar de un sistema democrático con el que no está de acuerdo.

 

viernes, 6 de marzo de 2009

Memorias de un hombre común

Marzo cinco de dos mil seis

Los niños son una delicia, en especial cuando tienen afinidad con uno, como ser hijos reconocidos. También hay sobrinos que a pesar de ser más cansones que pedalear en una bicicleta estática, tienen su encanto y traviesa inteligencia.

 

Algunos autores, artistas y filósofos denuestan de los niños, tal vez porque fueron víctimas de su tiranía natural. Alguien, escritora -tenía que ser mujer- dijo que le encantaban los niños, sobre todo cuando lloraban, porque “seguro,  llega alguien y se los lleva”. Los niños tienen la particularidad de producirnos emociones de todo tipo. Para  algunas personas que han trajinado la actividad intelectual, los niños son una molestia, como quitarse los pelos de la nariz con una tijera de tracción. De ahí que prefieran los perros: Es más  práctico recoger caca del piso, que quitársela de encima. Los alaridos, que no llanto, de los niños exaltan al máximo el sistema nervioso que impide la concentración mental necesaria para producir obras de arte. Los perros, en cambio, ladran cuando ven u olfatean un extraño, parecido al amo o un extraño parecido al perro. En los lugares de trabajo de  estos  especímenes  ermitaños casi nunca aparecen extraños, razón por la cual los perros no ladran, solo eructan para indicar que están debajo de la mesa.

 

Los niños, de otra o de la misma  parte, pueden llorar todo el día, y podemos  pasarnos ese y otro día exaltados averiguando por qué, sin conseguirlo. Por eso vemos en la galería de artistas, un sin número de solterones o padres solitarios  para quienes el arte antes que ser un juego de niños  es una actividad sobrenatural alejada de pañales, orines y caca apelmazada.

 

En otras personas más cercanas a la guacherna  -por ejemplo choferes de bus , taxis y camiones; coteros, albañiles de palustre , agricultores de azadón, mecánicos que se acuestan arrechos debajo del carro,  amén de trabajos similares- , los niños son alegría aún antes de nacer , antes de los nueve meses y más horas. Gracias, o a causa de su actividad física, los sementales referidos tienen este mundo poblado  de tiranuelos menores de cinco años. Y estos últimos  cernícalos son los que nos hacen la vida agradable aún en los momentos de degradación espiritual o malparidez,  como decía un primo que le debía a todo el mundo al cuatro.   

 

Voy a contarles algunas historias que ilustran lo espontáneos que son los chiquitines y la felicidad que encierra cada una de sus actuaciones. Estas historias son reales para que no vayan a pensar que tengo una imaginación desbordada como de escritor a sueldo.

 

En la época de tristeza por la desaparición prematura de un tío de ochenta y seis años, me comentaron en casa de mi madre que Laurita, una sobrina de cinco años,  linda como un aumento de sueldo inesperado, había estado observando el proceso de deterioro del tío abuelo. Por varios meses y cada vez que se agravaba el tío, los sobrinos más cercanos  lo llevaban al hospital cargado, como corresponde a un enfermo semiparalítico. La última vez que lo cargaron ya había fallecido y por lo tanto lo llevaron al ataúd que estaba en la sala; entonces Laurita se extrañó y les gritó: “¡Cómo se les ocurre meterlo en ese cajón, llévenlo al hospital!”

 

Sí, los niños son un encanto.

 

La misma Laurita, ahora que me acuerdo, cuando tenía cuatro años, había estado enferma  a tal punto que el médico le recetó unos remedios para tomar cada seis horas. Los jarabes eran horribles, tanto que para darle la primera dosis tuvieron que inmovilizarla de pies y manos unos tíos mayores. Sin embargo, Laurita estaba pendiente de la hora de tomar las medicinas. Cuando se estaba acercando la hora del brebaje para la segunda dosis, le dijo a su mamá: “Mamá, llame a mis tíos que me agarren los pies y las manos para poder tomarme el remedio”.

 

 

 

Hace varios soles, mi hijo Fernando, que para entonces tenía cuatro años me pidió que le comprara una patineta niquelada que en ese momento no estaba dispuesto a regalarle por el temor de que se quedara sin los dientes de leche, y además costaba una pequeña fortuna. Alegué imposibilidad económica y le dije francamente que no tenía dinero. Después del suceso me olvidé del asunto, recogí a mi familia para un pequeño paseo en automóvil y fui a una estación de servicio, eché gasolina y pagué. Al ver mi hijo Fernando que el vendedor sacaba un buen fajo de billetes para dar las vueltas, preguntó: “¿Papá, y usted porqué no se pone a vender gasolina?”

 

 

Las niñas y los niños tienen la inteligencia innata para interpretar las palabras tal como son y no con el sentido figurado que les damos los adultos. Y si no, veamos el caso de Pablito sobrino de escasos tres años. Una vez cansado de sus zapatos, decidió quitárselos frente a su abuela. La abuela le dijo al niño a manera de reproche y para evitar que lo hiciera: “Pablito, si te quitás  los zapatos te doy correa”.  Pablito se los quitó, salió hacia el otro cuarto y regresó con una correa en la mano y se la pasó a la abuela. Sobra decir que la abuela después de la sorpresa pasó a la risa y luego a la carcajada; mientras tanto Pablito no entendía por qué  a la abuela se le caían los dientes y los volvía a recoger.

 

 

A veces algunos niños entran en contradicción con la academia de la lengua como le pasó a un amigo mío con su hijo  de cinco años, cuando le explicaba el correcto significado del prefijo bi y para el efecto tomó unos ejemplos. “Mira hijo: binóculo es  el aparato que tiene dos lentes para ver de lejos; bicicleta  es ese medio de transporte que tiene dos ruedas, por lo tanto la palabra bi quiere decir dos”. “¡Ajá!”, exclamó el niño, “entonces cuando hablan dos personas es un biólogo”.

 

 

David, después de haber conocido colegios de todo pelambre llegó a uno de curas. Allí David, de catorce años, conoció la disciplina clerical que es peor que la castrense -le costriñen hasta creer en las vírgenes del barrio- pero le tocó amoldarse a las circunstancias, no fuera que se topara en el siguiente paso con una correccional.

En el tercer mes de estudio, apareció el cura rector en el salón de David para proponer un curso de liderazgo.

 

-¡Los niños que quieran ser líderes levanten la mano!

 

Todos levantaron la mano con excepción de David.

 

-Y usted David, ¿no quiere ser líder? Preguntó el rector.

-No padre, no quiero ser líder. Yo soy líder.

 

 

“Los viejos, entre más viejos más pendejos”, reza el dicho popular; y el “Pastuso” Burbano no fue la excepción, según lo demostró su nieto Raulito.

 

Cuando tenía más urgencia, el “Pastuso” sacó el carro, un campero chiquito e insignificante –como pan de entredía- para hacer una gestión en el centro de la ciudad, en compañía del nieto. Preciso cuando más apurado está el ser humano se encuentra el mayor número de obstáculos y el “Pastuso” halló un trancón inconmensurable. Entonces le dio por pitar frenéticamente hasta cuando Raulito, de quince años, le planteó serenamente una lección de filosofía:

 

-Abuelo, ¿para qué pita? El del afán es usted; los señores de adelante, como ve, no tienen afán.

 

 

Pregunta de un niño de cuatro años para que alguien me ayude a responder:   

¿Para qué sirven las montañas? 


domingo, 22 de febrero de 2009

Marzo primero de dos mil seis

Colombia es un país que, por lo que nos han dicho, ya entró en la era de la informática. Aquí, todos tienen computador, hasta uno. Por todas partes, nos dicen que el sistema se cayó, cuando no nos quieren atender; que usted no puede hacer ese reclamo por que no está metido en el sistema; que los pobres - que son bastantes y prolíficos- deben meterse a Internet para que les paguen el Sisbén, (el Sisbén es un sistema de auxilio para que los pobres se enfermen y mueran, felices y despacio)  y como no saben qué diablos es eso, pues no les pagan; que para enamorar solo basta enviar un correo electrónico -en inglés le dicen E-Mail que quiere decir lo mismo, solo que para pronunciarlo tiemblan los dientes postizos-  en vez de llevar una serenata con mariachi, que aquí en Popayán sale bien cara, no por lo que cobran los músicos sino por lo que beben.  Al fin de cuentas,  todo se mueve -o se atranca- por los tales sistemas.

 

Pero, ¡Oh paradoja!  En la era de los sistemas de información las actividades importantes se manejan al estilo antiguo de papel y lápiz. Mire bien, ponga oído que no es paja como esa que le echan en campaña electoral: reducir la miseria sin reducir los miserables; acabar con la pobreza sin acabar con los pobres.

Resulta que, desde cuando yo la jalaba al primer onanismo, los bancos han tenido el horario de ocho de la mañana a once y de dos a cuatro de la tarde. En esos tiempos, todavía memorables, no había tantos clientes y con tanta plata, las filas no existían, tampoco se habían inventado las salas VIP -very important pueblo, según mi profesor de inglés- y  las cajas rápidas -que con cada avance tecnológico se vuelven  más lentas-; los celadores tenían la misma sonrisa que el gerente y por eso uno los confundía. En esos tiempos, uno veía normal ese horario y si por alguna circunstancia un curioso desocupado -que ya los había- preguntaba porqué, el gerente en persona lo invitaba al Café Alcázar a tomarse un tinto -que era expreso y con vaso de agua, no como ahora que lo cobran caro y le quedan debiendo el agua- y hacía una disertación tan  lúcida que no parecía economista.    

 

Mire caballero, el horario establecido para el servicio bancario obedece a que utilizamos el tiempo comprendido entre las ocho y once de la mañana para atender el público como usted ve . Entre las once  de la mañana y doce del medio día nuestros empleados, antes de cuadrarse, cuadran caja, ingresos recibidos contra egresos emitidos y asentamiento de registros. Nuestros empleados tienen que llevar un riguroso control de sus transacciones en unos formularios pre-elaborados que deben llenar con bolígrafo negro y no debe haber errores. Deben coincidir las cifras en el papel con los valores en caja. Hecho esto, a las dos de la tarde el banco está listo para atender otra vez al público. A las cuatro de la tarde, se termina el servicio y los empleados hacen lo mismo que en la mañana para registrar el movimiento diario. Como usted comprende, nuestros procedimientos obligan a cerrar la atención a nuestros clientes a las once de la mañana y a las cuatro de la tarde de lunes a viernes. El sábado no trabajamos.

 

Ahora vienen mis raciocinios y elucubraciones para asegurar que los sistemas de información sirven para lo mismo que sirve una guadaña en una taberna, por lo menos hoy y en nuestro medio. En el tiempo que corre los bancos siguen atendiendo como hace cuarenta años.

 

Si es cierto que los sistemas de información hacen lo mismo que hacían los empleados de hace lustros, pero más rápido, no se requiere cerrar los bancos a las once de la mañana y a las cuatro de la tarde. Ese tiempo debe usarse para atender la clientela dispersa que comprende desde el mensajero descachalandrao  hasta el comerciante remilgao pasando por  el acaudalado comemocos. El horario de atención al público debe ser de ocho de la mañana hasta las doce del medio día y de las dos de la tarde hasta las seis, o en jornada continua, como se acostumbra en las entidades públicas cuando el jefe es sindicalista, que hace cumplir las ocho horas hábiles. Si el sistema funciona, no puede haber más colas que las de nuestras divas y alguna que otra empleada del banco.

 

Pero el sistema solo funciona a favor del banco y en contra del cliente. Si a usted el banco le manda una ejecución de pago por cualquier concepto -ahora le dicen producto, tergiversando la bella labor de quien crea y construye por la de quien especula y roba- digamos de trescientos sesenta mil doscientos pesos con cincuenta centavos, cuando va a pagar, el cajero -un dictadorcito que maneja un poder chiquito- le dice que tiene que redondear la cifra porque el sistema no reconoce los centavos. Usted está frente a dos opciones: quitar los cincuenta centavos o aproximarlos al peso. En el primer caso, al mes siguiente usted es deudor moroso de cincuenta centavos -ahí el sistema sí los reconoce- y le colocan el aviso de ¨ páguese de inmediato ¨. Si decide pagar, tiene que desembolsar un peso porque, otra vez, el sistema no reconoce los centavos. Si usted no paga y se olvida, la deuda se le incrementa hasta un límite que pone en peligro sus finanzas por el consabido ¨ cobro jurídico ¨. En el segundo caso, aproximar los cincuenta centavos al peso, es como si el banco lo robara; pero como usted, individuo solitario, al igual que la vecina buena de al lado, el sistema tampoco reconoce, nunca haría un reclamo de esa naturaleza, sucede que un millón o más clientes piensan lo mismo y el valor robado, ya considerable, ingresa a diario a las arcas del banco.

Por eso digo con infalibilidad papal que los bancos son ladrones; fuera de la plata que le quitan, le roban tiempo al cliente obligándolo a hacer filas apeñuzcadas que se mueven al vaivén de un caracol renco.  

  

(En el antiguo y extinguido Banco del Estado de Popayán trabajaba Mario que era contador -juramentado pero no titulado- y cajero a la vez. Mario poseía una memoria envidiable que refrescaba diariamente con su trabajo de revisión de cuentas corrientes y de ahorros. Conocía todos los clientes y su estado de cuenta hasta los centavos, de tal manera que cualquier saldo que le pedían lo decía al instante sin la menor equivocación. Pues bien Mario fue víctima de la tecnología; cuando se implantó el sistema telecuenta, donde todos los datos estaban incluidos en una base de datos de computador, los directivos consideraron que Mario ya no era útil y lo relegaron a revisor manual en un cubículo clandestino. Los clientes protestaron porque el saldo se les demoraba, el pago de cheques se volvió tardío, la respuesta del sistema también; la cajera, linda pero con un angstron de memoria, no se acordaba del cliente ni qué le había pedido, hasta que finalmente se fue la luz -ahora dicen más técnicamente se reseteó la fuente de energía eléctrica- y la base de datos quedó en blanco, mejor dicho en negro como el salón; fue la primera caída del sistema. Los directivos no tuvieron más remedio que llamar a Mario quien, en un dos por tres, despachó a la clientela que entre satisfecha reclamaba: Cómo se les ocurre cambiar a Mario por cajeras con aparatos que no funcionan.

De todas maneras, con el tiempo, la tecnología se impuso y Mario pasó a ser un jubilado de portentosa memoria que hizo quedar en ridículo el sistema telecuenta, que los mismos usuarios apodaron ¨ cuenta lenta ¨.) 

 

Un amigo germano de nombre impronunciable a quien nosotros llamamos más fácil Yorye, tiene mucho de colombiano y casi nada de alemán por aquello de que olvidó su rigor y disciplina en aras de pasarla chévere con sus amigos colombianos embutiendo cerveza y rajando de nuestros semejantes, me comentaba un episodio que vivió en Europa y que nos sirve para destacar nuestro desorden en la organización del tránsito, y más preciso en el control de vehículos. Decía Yorye que en Madrid le gustó un automóvil antiguo y en buen estado que vendía a precio de huevo su propietario. El carro era adecuado para emprender el recorrido con su familia -toda colombiana menos él- hasta su natal Alemania y por eso regateó -eso se lo enseñamos nosotros- y lo compró. Una vez hecho el negocio, pago y entrega de la tarjeta de propiedad con llaves y carro, reanudó su viaje por casi media Europa, sin problemas de aduana en las fronteras, sin problemas de placa y sin pago de ¨mordidas¨ como se acostumbra en este país de América latina. Yorye extendió su viaje hacia otros países ya en plan de turismo adicional y en Suiza un ciudadano -de esos que no saben qué hacer con la plata- le propuso compra del vehículo. Nuestro amigo alemán dudó, al estilo colombiano, que esa venta fuera posible por los trámites, aunque la oferta era encantadora dado el volumen de ceros a la derecha, tanto que podría subirse al avión con su familia y llegar a Madrid para retornar a Colombia y sobraba plata para comprar cerveza en Popayán. El suizo -más alemán que el alemán- le aclaró que la compraventa era perfectamente posible por cuanto en la Comunidad Europea todos los vehículos están registrados  y si un vehículo se vende en un país distinto al de su origen, pues con la tarjeta de propiedad, ante las autoridades de tránsito, se actualizan de inmediato el traspaso, la baja de la placa original y la expedición de una nueva. Estas novedades se registran simultáneamente tanto en España como en Suiza. Los costos de la operación son aceptables - bueno, para lo europeos- y los asume el comprador.

 

Se demuestra que en Europa los sistemas de información sí funcionan.

 

Aquí en Colombia nuestros funcionarios son complicados y desordenados como el sistema de control. Un alto funcionario decía públicamente que los controles eran dispendiosos porque había mucha trampa en las operaciones de compraventa de vehículos y por lo tanto no se podían simplificar. Cuando es todo lo contrario: Como hay desorden en la administración y abundancia y complicación de trámites, se aprovechan los delincuentes para hacer sus fechorías. Si todo fuera más sencillo y ordenado habría mayor y mejor control. Esto lo sabe hasta un vendedor de aguacates.  

 

 

Como desocupado que creen que soy por mi calidad de trabajador nominal retirado, me ordenan hacer mandados mis familiares y amigos que todavía trabajan. Ellos están seguros que cuando a uno lo retiran de la nómina entonces se dedica a vegetar -a llenarse de gordana y colesterol- y para evitar que uno se acoquine, le hacen el inmenso favor de ponerlo a trabajar de mandadero.

En uno de estos mandados llegué al distrito militar a reclamar un recibo para pagar la libreta militar de un familiar. Eran las ocho de la mañana; un sargento gordo y bajito me ordenó sacar ficha. Me devolví a la entrada donde un recluta con ínfulas de oficial ante los civiles, me tomó los datos y me dio una ficha, grande e incómoda, como placa de reo, que no podía acomodármela en los bolsillos y me dijo siéntese y espere que lo llamen.  Me senté media hora y me llamaron.

-         ¿Al señor qué se le ofrece? Me preguntó el sargento.

-         Vengo a reclamar el recibo de pago de la libreta de Pascual López. Aquí tengo la boleta de entrega de los documentos.

-         ¡Jiménez!

-         Si, mi sargento.

-         ¡Traiga el expediente de Pascual López!

-         Como ordene, mi sargento.

-         Usted, siéntese y espere hasta que lo llamen.

 

Me senté otra media hora, que aproveché para ver la cara de aburridos de los vecinos, tanto que no les provocaba hablar. Aquella oficina parecía una fiscalía o un juzgado por aquello del expediente que sonaba a sindicado y no a ciudadano que intentó defender la patria.

Me llamaron para verificar la documentación y la pasaron al oficial, que supongo hace una última revisión.

 

-         Siéntese y espere que lo llamen.

 

Me volví a sentar media hora. A pesar de mi paciencia ya empezaba a emberracarme por dentro porque ni modos de hacerlo por fuera, cuando me volvieron a llamar y pasé donde el oficial.

-         ¿El señor ya sabe cuánto tiene qué pagar?

-         Si, señor.

-         Bien, pase enseguida que ahí le expiden el recibo.

-         Gracias.

 

Pasé donde otro suboficial que parecía una garza, porque no le miraba sino el pescuezo. Me recibió la documentación ya visada por el oficial.

     -¿Sabe cuánto tiene qué pagar?

     - Si, señor.

     - Siéntese que yo lo llamo cuando tenga listo el recibo.

     - Gracias.

 

Me senté mi última media hora, al cabo de la cual la garza me entregó el recibo para pagar en el banco el valor de la dichosa libreta militar de segunda.

 

No se cómo funcionan los militares en el campo de batalla pero si en procedimientos administrativos sencillos hay una larga cadena de mandos y si por el volumen de solicitudes no se adopta la sistematización, la guerra está perdida.

 

Estoy seguro que un estudiante del Sena les diseña un sencillo programa de información que funcione -y gratis, con tal que no lo manden a pelar papas al rancho- y puede ser usado por dos funcionarios para atender el alto número de ciudadanos que requieren que no los manden a pelear por segunda vez y más bien les definan la situación militar. En ese sistema, cuya inversión sería mínima, se tendría sistematizada hasta la documentación que se revisaría una sola vez y automáticamente se liquidarían los valores a pagar.

Así un trámite que se demora dos horas se haría en media hora o menos, si se introducen las últimas tecnologías.

 

Pero no nos digamos mentiras, en algunos casos hay sistemas de información que no sirven p´a  pito y en otros, cuando no los hay, tienen que apoyarse en la sabiduría y paciencia del cliente o usuario o sindicado.

 

 

 

 

Si es cierto que los sistemas de información contienen nuestros datos más íntimos, incluido el número de piojos ñatos de cada ciudadano, no entiendo  -y seguro que un PhD tampoco- porqué cuando se va a pagar la mensualidad de la EPS (creo que quiere decir entierros por salario), se tiene que llenar un formulario descomunal con la misma información que ya reposa en el sistema. La EPS y el banco solo necesitan saber quién pagó, a quién se pagó y cuánto, lo demás es redundancia y tortura para el pobre y paciente aprendiz de Job.

 

Si es cierto que los sistemas de información funcionan, aun no encuentro la razón  por la cual un anciano de más de noventa años, tiene que levantarse de la antesala del cementerio, mejor dicho de su alcoba,  hacer fila en la notaría para que le expidan un certificado de supervivencia  que garantice que todavía come, duerme  y  paga -¡diablos, se me fue la p por la c!- y poder recibir el pago de su  anémica pensión.

A mi me parte el alma -y quisiera partírsela a los funcionarios públicos-  ver a una ancianita, más vieja que el anterior, que casi no ve y oye menos, apoyada en su lempo de nieta,  posando para que el notario le establezca un parecido lejano entre la foto descolorida de su cédula y su cara surcada por las líneas de la vida. Luego, el segundón de la misma notaría, le mete el índice derecho de la pobre viejecita en una caja con tinta de pulpo para marcar su huella negra, donde no hay líneas de código sino arrugas entreveradas.

 

Después de esta ceremonia del medioevo, le emiten el dispendioso certificado que asegura que todavía esta viva, incluso a pesar de haber visto la sombra del notario.

 

Si nuestro Estado fuera organizado bajo los tales sistemas de información, las actas de defunción deberían volcarse  en el sistema -diría en lenguaje técnico transcribir la información del papel a la máquina- máximo en tres días que es lo que dura un cuerpo con colonia antes de empezar a oler feo y así se actualizaba la baja de la víctima. El sistema  y Colombia, en forma expedita, tendrían un ciudadano menos que ya no cobraría  pensión. A la bisconversa, si el sistema sigue crucificando al escuálido aspirante a integrar la eternidad, es porque el pensionado está vivo y el estado debe saberlo. Luego no debería exigirle que demuestre que está en pantalla, mejor dicho coleando. Aquí debe invertirse la carga de la prueba.

 

Lo mismo ocurriría con los nacimientos. Si nace un nuevo vástago, así sea en la calle del hospital pediátrico como se acostumbra ahora, debe haber un acta de nacimiento cuya información se volcaría -otra vez ese término de siniestra evocación-  al sistema y así el estado sabría que ha nacido un nuevo contribuyente, un nuevo votante, un nuevo entelerido, un nuevo consumidor, un nuevo sumbambico. Resumiendo: un nuevo ciudadano que tiene derecho a ser, y el estado a contar.

 

Pero esto es ciencia ficción; volvamos a la realidad que duele tanto como subirse el cierre de la bragueta con una pelota afuera.  

sábado, 29 de diciembre de 2007

Febrero 28 de 2006

Un viejo amigo, menos joven que yo, -lo cual, quiere decir, que lo exalta a la especie de inmediata extinción- en su mejicanezgo acento pitingo, argüía que nuestra juventud estaba en crisis existencial porque no le encontraba sentido a la vida. Que los jóvenes habían olvidado los valores que a perrero les habían inculcado los padres propios, los padres de sotana y hasta los hermanos maristas; que los jóvenes de hoy día no tienen respeto ni por la persona que está al otro lado del espejo; que ya no creían en la virginidad de María -si, la encañengada-; que para ellos la santísima trinidad es la cuchibarbi que va tres veces a misa el mismo día; que de política saben lo mismo que de ecuaciones integrales con límites de frontera incierta; en otras palabras, que la crisis era de tal importancia que una forma fácil de salir de ella era usando corbata de polipropileno o de guasca, claro, violando la ley de la gravedad: corbata para arriba y lengua para abajo. Esta forma de evasión se ha vuelto común y es muy macabra, tanto como tener una deuda con la DIAN, bajo el rótulo de INMEDIATA EJECUCIÓN.

Mi amigo que de psicología sabe lo mismo que yo de mandarín, quería arrimarse a las causas de las evasiones infantiles y juveniles y remataba con posibles soluciones. Yo, atento, cual pachecha en el sermón de las siete palabras, solo inclinaba la cabeza para, en seguida, dar mi aprobación. Decía que a los hijos desde que nacen, hasta cuando se les irritan las gónadas -los óvulos, si es mujer- , hay que darles mucho cariño, que nada de fuete ni garrote, que este último es para la mujer en caso que uno necesite desahogarse. Decía que el cariño hacia los hijos debía ser sincero y visible como un abrazo o una caricia y permanente como la compañía de la suegra. Según él, la causa principal de las evasiones juveniles es la falta de cariño de las personas más importantes, como son los padres, hacia sus hijos. (Mi amigo quiso hacer una demostración práctica de cómo se da cariño, pero ahí si reculé.) También incluía en las causas, la falta de sitios de recreación sana en nuestra ciudad. Me decía que aquí los jóvenes no tienen a donde ir en plan de liberación física o rumba programada y de ahí que improvisan lugares hacinados, proclives al vicio extremo. Si los jóvenes carecen de recreación y cariño, así como nosotros de amor y deudas, lo más seguro es que se busquen o inventen o se llegue a la depresión profunda y ahí surge el peligro de la evasión. Mi amigo, cual candidato primíparo al congreso, me convenció con sus sólidos argumentos elementales que no me quedó de otra sino aprobar por unanimidad que esas eran las verdaderas causas de nuestra desgracia. Ya, convencido hasta los tuétanos, me iba a retirar con la caballerosidad propia de quien tiene una micción aplazada, cuando mi amigo, me agarró del brazo y me sentó en la banca centenaria del parque idem, y me dijo, cual testarudo filósofo de las calles : Te voy a plantear las soluciones.

Aquí los alcaldes y jefes de planeación son chichigüeros, planean a tres años su gestión, que es lo que dura su mandato. Por eso los ves remendando calles que hay que volver a construir; repintando señales de tránsito en vez de colocar nuevas, para que los turistas se orienten y no queden más varados que un colchón en un remolino, en fin, haciendo obritas chiquitas para dar trabajito a unos desempleaditos.
Si, por el contrario, tuviéramos autoridades con visión a diez o quince años -lo que duraba un matrimonio antiguo- es muy posible que la planeación derivara en proyectos de envergadura y podríamos contar con un gran centro de recreación y un entorno de ciudad más amigable, donde valga la pena vivir para comer prójimo. La solución es la planeación a mediano plazo con ajustes periódicos. A estas alturas de la disertación, mi vejiga ya se había extendido tanto que el esfínter correspondiente daba paso al orín que rastrillaba mi uretra. Fue entonces cuando exclamé: ¡Ay jueputa! Ves, me dijo el amigo, ya me estás dando la razón. Acto seguido me disparé, cual torero sin capote, al orinal del Café Colombia.

Febrero seis de dos mil seis.

Hace poco, un cuasi cantante corroncho decía que para ser universal había que referirse a la tierra de uno. No sé si el gaznate criollo alcanzó el reconocimiento público, pero yo, mejor dicho el suscrito, sí estoy dispuesto a que conozcan el lado anverso de mi terruño, lo de la universalidad se lo dejo a los paisas y costeños que usurpan la televisión colombiana.
Aquí, en mi ciudad, donde alguna vez existió el respeto, -esa virtud que permite auscultar en las otras personas lo importante que somos- se obliga a los viejitos y semiinválidos a ser alpinistas en los andenes, porque otros ciudadanos le conceden más importancia al garaje del carro, al construir rampas de cerámica, con desniveles de miedo. Si fuera ciudadano de poder -es decir con plata de lavandería- le diría al alcalde que reglamentara los andenes para que fueran de un solo nivel, por donde puedan caminar sanos, enfermos, cojos y viejos en igualdad de condiciones. Esto se llama democracia posible. Claro, no faltarán los propietarios que prefieran ver a un octogenario prostático rodando hacia la calzada, antes de que pase el bus, a un chueco hacer la triple parábola antes de caer panza arriba, que su carro subiendo en uno o dos niveles, hacia el garaje, respetando el del andén. Esto se llama democracia selectiva. Pero el burromaestro no me va a oír, porque la plata que tengo la conseguí con el antiguo sistema de trabajar y es tan poquita, que solo me alcanza para tener capacidad de enculebramiento con las vecinas, porque los maridos no prestan.

Si usted conoce el centro de Popayán, se habrá dado cuenta que está rodeado de vehículos por todas partes y por esquivarlos, no ve y menos sabe, que el reloj de la torre lo tiene parado; que el edificio de la gobernación permanece cerrado, salvo en manifestaciones de maestros, cuando abren el garaje y las ventanas de arriba; que la alcaldía tiene cuatro portones y ninguna entrada; que en los bancos hacen filas tan largas que compiten con la organización empresarial de loteros, vendechucherías y emboladores de la calle; que los jubilados, más viejos que las araucarias que los sombrean, esperan en vetustas bancas del parque de Caldas el advenimiento de una nueva mesada, mientras tanto, son los únicos espectadores del grupo boliviano de música andina que vino de lejos a comprobar que aquí también se aguanta hambre; en fin, si a usted no lo atropella un carro, una moto, una bicicleta y hasta una carretilla es porque no está en el centro de Popayán. En Paris, donde tuve la oportunidad de pasear, gracias a un documental de Discovery Channel, la parte central es peatonalizada y permite que los parisinos y turistas caminen, se conozcan y enamoren sin temor a encontrarse con ruidos de motores, ni toser por el paso de una estela de humo encabezada por un ruido con silueta de motociclista. En mi ciudad no se peatonaliza el centro porque los comerciantes creen que a pie no andan si no los varados y estos no compran, por eso no lo permiten; los funcionarios públicos quieren llegar en carro hasta el zaguán de la oficina y también se oponen; los propietarios de buses, busetas y colectivos, amén de los taxis, consideran que la clientela aborta la pereza y si caminan tres cuadras, pues caminan otras tres y llegan a sus casas, de ahí que lo impidan; los médicos, que en estos tiempos saben más de variables de mercado que de venas várices, tampoco dejan, porque al caminar, su potencial clientela mejora la circulación sanguínea, elimina la hipertensión; los triglicéridos y el colesterol se vuelven agua potable y en consecuencia, sin enfermos terminales, bajan, como en tobogán, las tasas de utilidad económica y el negocio se va pa’l carajo.
Como ustedes ven, hay razones de sobra para no hacer las cosas. En mi tierra es muy fácil destruir y harto complicado construir.

martes, 27 de noviembre de 2007

FEBRERO 10 DE 2006

Hace poco, un cuasi cantante corroncho decía que para ser universal había que referirse a la tierra de uno. No sé si el gaznate criollo alcanzó el reconocimiento público, pero yo, mejor dicho el suscrito, sí estoy dispuesto a que conozcan el lado anverso de mi terruño, lo de la universalidad se lo dejo a los paisas y costeños que usurpan la televisión colombiana.
Aquí, en mi ciudad, donde alguna vez existió el respeto, -esa virtud que permite auscultar en las otras personas lo importante que somos- se obliga a los viejitos y semiinválidos a ser alpinistas en los andenes, porque otros ciudadanos le conceden más importancia al garaje del carro, al construir rampas de cerámica, con desniveles de miedo. Si fuera ciudadano de poder -es decir con plata de lavandería- le diría al alcalde que reglamentara los andenes para que fueran de un solo nivel, por donde puedan caminar sanos, enfermos, cojos y viejos en igualdad de condiciones. Esto se llama democracia posible. Claro, no faltarán los propietarios que prefieran ver a un octogenario prostático rodando hacia la calzada, antes que pase el bus, a un chueco hacer la triple parábola antes de caer panza arriba, que su carro subiendo en uno o dos niveles, hacia el garaje, respetando el del andén. Esto se llama democracia selectiva. Pero el burromaestro no me va a oír, porque la plata que tengo la conseguí con el antiguo sistema de trabajar y es tan poquita, que solo me alcanza para tener capacidad de enculebramiento con las vecinas, porque los maridos no prestan.

Si usted conoce el centro de Popayán, se habrá dado cuenta que está rodeado de vehículos por todas partes y por esquivarlos, no ve y menos sabe, que el reloj de la torre lo tiene parado; que el edificio de la gobernación permanece cerrado, salvo en manifestaciones de maestros, cuando abren el garaje y las ventanas de arriba; que la alcaldía tiene cuatro portones y ninguna entrada; que los bancos hacen filas tan largas que compiten con la organización empresarial de loteros, vendechucherías y emboladores de la calle; que los jubilados, más viejos que las araucarias que los sombrean, esperan en vetustas bancas del parque de Caldas el advenimiento de una nueva mesada, mientras tanto, son los únicos espectadores del grupo boliviano de música andina que vino de lejos a comprobar que aquí también se aguanta hambre; en fin, si a usted no lo atropella un carro, una moto, una bicicleta y hasta una carretilla es porque no está en el centro de Popayán. En Paris, donde tuve la oportunidad de pasear, gracias a un documental de Discovery Channel, la parte central es peatonizada y permite que los parisinos y turistas caminen, se conozcan y enamoren sin temor a encontrarse con ruidos de motores, ni toser por el paso de una estela de humo encabezada por un ruido con silueta de motociclista. En mi ciudad no se peatoniza el centro porque los comerciantes creen que a pie no andan si no los varados y estos no compran, por eso no lo permiten; los funcionarios públicos quieren llegar en carro hasta el zaguán de la oficina y también se oponen; los propietarios de buses, busetas y colectivos, amén de los taxis, consideran que la clientela aborta la pereza y si caminan tres cuadras, pues caminan otras tres y llegan a sus casas, de ahí que lo impidan; los médicos, que en estos tiempos saben más de variables de mercado que de venas várices, tampoco dejan, porque al caminar, su potencial clientela mejora la circulación sanguínea, elimina la hipertensión; los triglicéridos y el colesterol se vuelven agua potable y en consecuencia, sin enfermos terminales, bajan, como en tobogán, las tasas de utilidad económica y el negocio se va pa’l carajo.
Como ustedes ven, hay razones de sobra para no hacer las cosas. Es que en mi tierra es muy fácil destruir y harto complicado construir.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Enero quince de dos mil seis

ENERO 15 DE 2006
La ciudad donde vivo ha producido más presidentes pésimos que alcaldes aceptables; por eso usted la ve cual urbe pueblerina, donde nada sucede y todo estorba. Ahora en esta época de mega proyectos, el alcalde de turno para agilizar el tránsito, de los mil quinientos taxis que deambulan y pululan en Popayán -más de los que tiene Miami-, se le ocurre colocar semáforos en glorietas de ocho metros de diámetro; también se le ocurre mandar a hacer resaltos, givas , rompemuelles o como se dice entre mis amistades del Country, policías acostados, en calles con numerosos huecos naturales y adquiridos, para que disminuyan la velocidad -otra vez los taxis- de treinta a veinte kilómetros por hora. Mejor dicho, las soluciones sirven para lo que sirve un piropo gay en desfile de reinas.
Yo, o mejor decirlo para no parecer egoísta, el suscrito, que me pongo a pensar como político de asfalto, cada vez que la luna muestra su cara oculta, veo que de norte a sur solo hay dos vías, que de oriente a occidente una sola, que el Batallón y el aeropuerto -de un solo avión- incomodan y se incomodan, que las plazas de mercado compiten con el basurero del sector, me imagino las soluciones:
Hacer nuevas vías de occidente a norte y sur, de oriente a norte y sur, aprovechando las márgenes de los ríos, claro, sin mojarse por las inundaciones de cada treinta años. El batallón se debe trasladar inexorablemente a zonas de orden público y el aeropuerto, a un sitio donde no se escuche el único avión a pistón que nos queda. En cuanto a las plazas de mercado -nosotros les decimos galerías, porque es tan estética una exhibición de pasteles como una de papa guata- es mejor ubicarlas en las goteras de la ciudad. (Mi abuela me tenía convencido que las goteras de la ciudad eran los sitios de ingreso por donde estaban las primeras casas con alero y allí, cuando llovía, uno no se mojaba la cabeza, aunque si los pies; ahora tendremos que inventar otro lugar común, porque en ese sitio extremo se amacizan el motel con la residencia clandestina.) Decíamos que ubicando allí, en la goteras de la ciudad las plazas de mercado, el campesino se ahorra el transporte urbano y a los rateros les queda lejos. Con estas ideas, propias de planeador estratégico -antes le pagaban como inspector de obras- me pueden elegir para cualquier curul si las hago públicas, por eso no le doy gusto a los demagogos de profesión que lo más probable es que me hagan la pregunta clave: ¿Y de donde sale la plata? Porque si les respondo, con la verdad escueta que me caracteriza, me quitan las ideas que es lo único que tengo para afrontar el tercer milenio. Es mejor dejar la cosa ahí, que según la ley de las probabilidades después de un mil alcaldes malos sale uno menos pior y éste nos redimirá, no importa que estemos en Tierradentro.