viernes, 21 de mayo de 2010

Memorias de un hombre común

Septiembre cuatro de dos mil seis
En nuestro país hay un instituto de seguros sociales, que se creó bajo la hipótesis de prestar atención en salud a los trabajadores cuando esto no era una república neoliberal. Hoy está a punto de ser liquidado el tal instituto, con el eufemismo de que es ineficiente, cuando lo volvieron así precisamente, para poder liquidarlo.

Los politiqueros, que no políticos, nombraron a empleados -aquí el gerente no nombra, apenas obedece- que cumplieron la función de acabar con la institución (es la única que saben hacer, porque cuando de trabajar honrada y eficazmente se trata, los mejores empleados están en las calles haciendo de trapecistas o desplazados)  y lo hacen tan bien -los empleados salidos de las pocilgas politiqueras- que da para muchas historias que no por lo trágicas resultarían hasta graciosas.

Un señor, conocido de medio radial, me refirió su accidente laboral que le inmovilizó el brazo derecho. Acudió al instituto de seguro social para que le agilizaran su pensión de jubilación por este percance. Un empleado, con traje de celador de burdel,  más ilustrado que cualquier médico traumatólogo, pero que a duras penas controlaba el ingreso de los usuarios, le dio la solución que no se le hubiera ocurrido ni al más refinado premio Nóbel: “Señor, comience a utilizar la mano izquierda; para eso la tiene”. El radiofonista, que estaba al tanto de las noticias del fútbol, le comentó, ya en conversación de especialistas, que  los jugadores del equipo de fútbol América de Cali  se habían lesionado, todos,  la rodilla derecha; entonces el entrenador les había ordenado jugar los partidos sólo con la pierna izquierda. El empleaducho, inteligente como un coco, le refutó: “No, eso si no se lo creo”. “¿Cómo que no me lo cree -dijo el radiofonista-, no se ha dado cuenta de que el América está de último?”




miércoles, 28 de abril de 2010

Memorias de un hombre común

Agosto treinta de dos mil seis
Ayer tuve un sobresalto cuando me encontré con una linda dama que rondaba mis profundos sueños en forma de opción. (Me acordé del profesor “Carediablo” cuando una vez en clase de español, para que nos aclarara el término deseo, dijo que eso era como cuando uno compraba la lotería: no debe decirse deseo ganarme la lotería, sino tengo opción de ganarme la lotería.) Pues bien, la dama en mención es el ejemplo preciso de cómo la humanidad es injusta. Tiene belleza, inteligencia, gracia, le gustan los perros, incluyendo esos de ladrar, trabaja y devenga; sabe compartir en cualquier ambiente y además tiene carácter. A pesar de todos esos atributos está sola; (¿o será por ellos?) Cuando hablamos, es una sinfonía de ideas precisas, sin valor agregado como dicen ahora, y si hay que hacer un requiebro siempre es el más oportuno y por lo tanto gracioso. ¡Bendita cualidad! Un amigo que la conoció -ya cargado de años y matrimonios- me preguntaba: “¿los hombres son ciegos?” Tengo mi propia teoría que he compartido con esa preciosura; para sustentarla debo citar algunos episodios que se refieren a ella y a otra dama similar de encantadora.

Una vez nos pusimos contentos con unos amigos en una taberna de ambiente bohemio y música popular; “ya entrados en gastos para qué miramos la cuenta”. Estábamos cruzando la primera fase eufórica que conlleva a la filosófica, cuando cantó el artista preferido de nuestra linda amiga. Todos, amigos comunes, reparamos en su ausencia y decidimos llamarla. Fui comisionado para localizarla utilizando el incómodo teléfono celular -sirve para todo, menos para hablar-; me contestó con un “están bebiendo, vagos”.

-Oí, en este momento está cantando el ranchero ese que te trae y nos acordamos de vos. ¿Por qué no venís?, ¿qué estás haciendo?.
-Pues estoy con mi novio, pero espérenme, lo embolato y ya voy.

Preciso a los veinte minutos estaba con nosotros departiendo y adornando la mesa.

En Fusagasugá, por razones de empresa asistí, hace unos cuantos años, a unas conferencias de actualización, que sirven para conocer gente, disfrutar del balneario y seguir más desactualizado que gerente nombrado por directorio político. Allí nos descrestó una preciosa dama de escasos veintiséis añitos con una charla que valió por todas; tenía más títulos que una página de avisos clasificados, pero sobre todo una gracia que incitaba a apachurrarla. Tuve la oportunidad de departir con ella, en la fiesta de despedida, y estas fueron en síntesis las ideas que cruzamos:
-De manera que estás próximo a jubilarte. (Me puso en el lugar donde los hombres no podemos volver atrás; la conversación no admitía galanteos.)
-Después de conocerte, estoy pensando en pedir prórroga por otros veinte años, le dije, contrariando su advertencia.
-Me parece bien, porque aún estás joven.
-Eso de “aún estás” suena a consuelo tibio. Más bien hablemos de ti, ¿tienes novio?
-No. Los hombres me tienen olvidada.
-Los hombres te tienen respeto, respeto profesional, que en el plano sentimental es miedo.
-¿Cómo así?
-Mirá, los hombres, sobre todo estos intelectuales que te rodean, le tienen pavor a una dama que los supere en sus campos de dominio. Por eso uno ve damas capaces, casadas con zoquetes que no sirven para nada. Los zoquetes no tienen miedo precisamente porque les gusta que los traten como inútiles.
-¡Uy! Ojalá que a mí no me corresponda esa suerte.

El resto del diálogo no viene al caso; en el momento más trascendental tuvimos que suspenderlo  porque llegó el director del seminario y, con ínfulas de conquistador inglés y corbata boyacense (lana de oveja negra), llevó a la dama a la pista de baile con un argumento que me sonó a reproche: “Aquí  hemos venido a bailar, no a conversar”.

Esta es mi teoría: mi amiga, la primera, la de arriba, tiene un concepto definido de libertad. Hace lo que todo ser humano debiera hacer: disfrutar los momentos que más le agradan. Si alguien se incomoda, problema de ese alguien. Tiene el carácter para agradarse a si misma aun en detrimento de quien la corteje, quien las más de las veces no alcanza su nivel emocional. Siempre es cortejada por hombres, que asociando a nuestra estratificación social arbitraria, están en el estrato cero o uno, mientras ella se ubica en el quinto o sexto. Otro tipo de hombres no aspiran a ser subyugados -o solo en las primeras de cambio- sino a subyugar y aquí se produce un choque, cuyo desenlace es la ruptura. Estos son los amigos, nacidos del rompimiento, que eluden después cualquier vinculación sentimental.

Alguna vez me preguntó a manera de consuelo esperanzador:

-¿Crees que estoy condenada a estar siempre sola?
-No estás sola. Lo que quieres es verdadera compañía y esta no es fácil de encontrar. Ningún hombre, de los que conozco, va a entender tu libertad y comprender e integrarse a tu entorno. Pero seguro, llegará. (Aún no sé por qué decía para mis interiores: “mirame bien, lo tenés al frente”.)

lunes, 19 de abril de 2010

Memorias de un hombre común


Agosto ocho de dos mil seis
Un día después del cuatrienio reelegido. La transformación consiste en que al comenzar un gobierno se hacen propuestas de cambio audaces, así no se cumplan; como este mandato es continuación del mismo, los propósitos son tibios, no se ofrecen rectificaciones sino la actuación de “la misma perra con distinta guasca”; además de conservadores nos volvimos godos. Aquí, en este país, hasta los liberales son godos. (Don Carlos Castrillón me decía que él como buen conservador era mejor liberal que cualquier comunista.)

Tapo, remacho y no la amarillo más. No voy a hablar de política.

Hablemos de lo que nos espera en el plano social. En mi caso, he cortado al máximo las vinculaciones bancarias. Dejé apenas la tarjeta de socio de un club sin importancia; las tarjetas débito y crédito las mandé más allá del carajo porque me estaban quebrando; no me alcanzaba ni para el vicio. Y eso es grave. A mis amigos y familiares les recomiendo que ahorren en colchones con cremallera. La plata no se reduce tanto como en una cuenta de ahorros; además tenemos el consuelo de que si se pierde queda en familia y no en manos de banqueros ladrones que no conocemos. Las razones de esta decisión son económicas, que al fin de cuentas determinan algo de tranquilidad social en el capitalismo que soportamos.

Hace algunos años, cuando los banqueros eran honrados -solo robaban en las bolsas de valores-, a nosotros -clientes que individualmente valemos un jijilijui, pero amontonados, según la economía de escala, valemos por un “cacao”-  nos pagaban por tener una cuenta de ahorros con un interés chimbo. Teníamos una libreta que parecía chequera y controlábamos la platica hasta las décimas de centavo. Ahora nos reconocen un interés más chimbo que el de antes, que se desvanece con los pagos que obligatoriamente hacemos del impuesto de uso de servicios y cajero; la libreta la sustituyeron por una tarjeta cuya clave la conocen primero los rateros que uno, para uso de cajero propio que vale medio almuerzo y ajeno que vale dos platos a la carta. Al final del ejercicio
-cuando el sueldo llega a su mínima expresión- le quedamos debiendo al banco, que en un alarde de generosidad nos amplía el cupo, como quien dice nos tuerce el pescuezo de a poquito para llegar a un préstamo que es como correr el nudo del ahorcado cada mes.

Para sostener el vicio, que es tan vital en el ser humano como ingerir cereales -un hombre importante por lo menos debe tener uno-, me vi obligado a jalarle a la mezcla; un trago mezclado es el triple de uno puro. La rasca se demora y le da tiempo a uno de arrepentirse de decir lo que todo borracho dice. A las damas no les gusta esta situación, porque un borracho es cariñoso y atrevido y uno a media caña es más pendejo que seminarista recomendado.            

Estoy absolutamente seguro de que en este cuatrienio repetido se va a incrementar el número de empleados en los semáforos; y como una cosa lleva a la otra, veremos aumentarse el número de semáforos, incluyendo aquellos donde la fuerza pública haya eliminado los vendedores y mendicantes. Claro que para pasar por estos se instalarán cómodos peajes; así tendremos que el dinero en vez de llegar a los desempleados -¿no había dicho empleados, como los califica el DANE?- llegará a alguna oficina burocrática, creada para el fin, que se encargará de despilfarrar los recursos antes de emprender trinadas obras sociales que finalizan antes de empezar.

El panorama social que se nos vino encima indica que si usted es de clase media, lo más probable es que le ayuden a descender para que sea de la alta entre la baja; que si es de clase alta no se preocupe, que los incentivos le permitirán subsistir en el mercado de la abundancia sin sobresaltos; y si es de clase baja, haga de cuenta que está en un despeñadero, la tierra floja y el terremoto subiendo de escala.

La educación y la recreación alcanzarán niveles de clase alta y de hecho la clase alta podrá afrontar este tipo de gastos; pero como esta clase es tan creída, lo hará en el exterior que es más barato y da caché para cargos públicos de libre nombramiento y remoción.

La clase media tendrá que enculebrarse aún más -la mayor de las veces de por vida- con los bancos, propiedad de la clase alta, para darles educación a sus hijos y recreación a su familia. Es una constante de la clase media vivir endeudada hasta los cariocos, pero lo afronta con una gallardía draconiana: “Lo disfruto ahora, así me toque vivir abrochado”.

Para cerrar este círculo social, la clase baja tendrá como educación aprender artes y trabajos menores -exaltados como artes nobles por el nuevo cuatrienio-  que dan para el desayuno pero no alcanzan para almorzar; y la recreación consistirá en ir a lavar la ropa al río más próximo -queda lejos, porque la deforestación secó los afluentes chiquitos- donde un buen chapuzón le hará creer que el mar es de ese tamaño y los tiburones son un poquito más grandes que los guabinos.

jueves, 11 de marzo de 2010

Memorias de un hombre común

Julio veintiocho de dos mil seis
Es una costumbre entre las nuevas generaciones y entre los políticos, no responder lo que se les pregunta. Cualquier pregunta fácil la vuelven un cuestionamiento e inducen confusión en el pobre inquiridor, tanto que al final terminan respondiendo lo que no corresponde a la cuestión inicial. Tuve la oportunidad de llevar a una dama en mi vehículo como cortesía y la pregunta inicial y elemental que le hice fue: “¿A dónde la llevo?” Ella contestó con un “váyase por la calle quinta; y ¿usted para dónde va?” Como no estaba dispuesto a indicar mi itinerario me vi obligado a reiterarle la pregunta: “Dígame: ¿a dónde la llevo?” “Me deja por el parque”. Debí asumir que iba para el parque.

En otra ocasión había acordado con Margarita encontrarnos en el Banco en la sección de ahorros para abrir una cuenta conjunta de padres de familia del colegio. Pues bien, al llegar al banco, un poco retrasado, Margarita no estaba por ninguna parte. Me dirigí a una empleada para preguntarle: “¿Cuál es la sección de ahorros?” Y me contestó con otra pregunta: “¿A quién necesita?” Me tocó decirle que a Margarita. “¡Ay! Señor, pero ella no trabaja aquí”. “Cómo diablos va a trabajar aquí, si ella me quedó de esperar en la sección de ahorros y no sé cuál es la sección de ahorros”. “Señor, pero no se enoje que la sección de ahorros es la de allá, donde está la señora gorda de blanco”. Preciso, detrás de la señora gorda estaba Margarita.

Un notorio político -notorio por haber hecho fortuna con peculados de subalternos empleados por él en la administración pública- era entrevistado en un programa radial. A la pregunta concreta de “¿se va a aliar con el doctor Güebardo para hacer mayoría en el congreso?” respondió: “El doctor Güebardo ha sido mi contradictor y mi amigo; hemos afrontado varios debates en los cuales ha brillado su caballerosidad e inteligencia. De mi parte le guardo alta estima y estoy seguro que es una reserva que tiene la patria en las nuevas generaciones políticas”. El doctor notorio respondió lo que no le habían preguntado y nunca contestó la pregunta.  

Hace tres cuatrienios tuvimos un ministro de defensa a quien en directo lo confrontaron con el celador de una estación repetidora de comunicaciones cerca de la frontera con Venezuela. El periodista radial había establecido un diálogo con el celador y éste le confirmaba que la guardia venezolana había sobrepasado la frontera y que en ese mismo instante ocupaba el área de la estación repetidora en Colombia. Puesto al aire, en la emisora nacional, el ministro negaba que hubiera ocurrido tal violación a la soberanía. Entonces el acucioso periodista le preguntó: “Señor ministro: aquí tenemos al celador de la estación repetidora que nos confirma la presencia de la guardia nacional de Venezuela en esa estación colombiana, luego ¿no estamos ante una flagrante violación a nuestra soberanía?” El ministro contestó: “Le repito que no tengo información de puestos de avanzada del ejército en esa zona de frontera por incursión extranjera alguna”. Para el ministro el celador valía un pito y tampoco hizo propósitos de verificar la información, por tanto se arropó con un lenguaje diplomático que desmentía lo evidente confirmado horas después por la cancillería colombiana.

lunes, 1 de marzo de 2010

Memorias de un hombre común

Junio dieciséis de dos mil seis
En medio del mundial de fútbol decidí irme para Guamal (Magdalena). Viajar en pleno mundial de fútbol tiene sus ventajas, una de ellas es que ni los amigos ni los familiares se dan cuenta de que uno se ha ido y se evitan despedidas remojadas que obligan a no volver. Los seres humanos somos impredecibles y hacemos cosas nunca pensadas, solo operan las circunstancias. ¿Por qué fui a Guamal? El amigo Bladi me invitó para que conociera un puente sin carretera que atraviesa el Río Magdalena, entre la futura vía El Banco-Guamal-Mompox que apenas está en construcción. Tomé la decisión de un día para otro y me lancé a la aventura de conocer una parte de Colombia que estaba en perspectiva de visitar.

Los pueblos cercanos a la costa caribe son iguales en el sentido de que tienen desdén por el tiempo. Allí nunca pasa nada porque nunca pasa el tiempo; nadie usa reloj porque lo necesitan tanto, como nosotros la brújula. Las gentes son felices con su rutina y no la cambian, así llegue el cachaco más interesante a construir un puente en ferro-concreto que se eleve ante el Magdalena y lleguen otros más cachacos a inventarse una carretera para que el puente funcione. El día de la inauguración del puente seguramente las autoridades tendrán que importar patos y lagartos de pueblos del interior para llenar la foto -los del Magdalena son ariscos y sanos-, porque los guamaleros seguirán su vida normal de juego y reposo, preguntando si ya está listo para pasar por él.

Tuve la oportunidad de ver una familia completa, incluido el burro, jugar cartas desde las ocho de la mañana hasta las doce del mediodía; solo pararon para almorzar. Después del almuerzo volvieron a las cartas, pasando la mesa al otro lado de la calle polvorienta donde no daba el sol, hasta la casi noche. Como todo patojo me preguntaba de qué vivían y alguien me absolvió la pregunta: “Tienen un asadero de pollos que funciona de siete a nueve de la noche; en esas horas hacen la ganancia que se tiran al otro día”. Aquí no hay acumulación de riqueza, sólo sostenimiento; como no hay capitalismo, no hay deudas; como no hay deudas, hay tranquilidad; como hay tranquilidad, hay longevidad. La gente se muere de vieja bajo los cítricos y el dividivi; el calor es aplastante pero la naturaleza es pródiga en follaje.

Los guamaleros son excepcionales; pueden estar frente a la mayor eminencia humana, pero le dan el mismo tratamiento que al vecino de al lado: “¿Oye, compae Julio, ya fuite a comé marimon-da?”. Eso pasa con Julio Erazo, compositor musical de prestigio internacional, que sentado en su mecedora de mimbre de Mompox en su casa, la gente lo mira como parte del paisaje. Los muchachos pasan y sacuden el tamarindo como la mecedora de Julio y él, como si el Magdalena quedara en Marte, sigue componiendo. De ahí que el maestro diga que sólo puede vivir en Guamal, en su casa o en su finca ganadera donde es un vecino más, mientras que en otra parte la gente lo asediaría como a político recién elegido o  como a estrella del pop o futbolista dopado. Julio Erazo es la mezcla más rara de este país, algo parecido a revolver cerveza con aguacate; nació en Barranquilla, por accidente, siendo guamalero; es de padre pastuso y madre española y habla y vive como costeño, que lo es. De él se puede esperar lo que nos ha dado: música tropical y vallenata bailable  y tangos, que también se bailan. (Bailar tango es una forma elegante de caminar.)

Fui a Mompox. Sería imperdonable que estando tan cerca -escasos treinta y cinco kilómetros de Guamal, río de por medio- no hubiera ido, con el interés turístico que también a mí me afectó. Como en el trayecto se tiene el mismo transporte público que hay entre Santa Rosa y Piamonte en el Cauca: es decir, nada, me tocó alquilar una motocicleta y conducirla -algo que no hacía desde cuando me estaban saliendo las cordales- por caminos plenos de huecos. Las gentes me saludaban como si fuera vecino ancestral, pero el dolor me partía las manos y solo respondía las cortesías con una levantada de cumbamba.

Mompox es preciosa. Si le quitaran las motocicletas, los vendedores ambulantes y los autos estaríamos en los albores del siglo dieciocho y nos asomaríamos a la ribera del Río Magdalena a ver si llegan los barcos a vapor cargados de damas y caballeros elegantes, vestidos con colores claros y protegidos con discretas sombrillas y abanicos orientales.  Son tres calles que estructuran esta perla de ciudad: La Albarrada, la Del Medio y la otra, que olvidé identificar; todo porque la belleza femenina perturba la curiosidad del turista. Me gustó La Albarrada, por la nostalgia que evoca y sus casonas de dos patios, frente al río, frescas en medio de un clima de  fuego. Mompox tiene la misma proporción de iglesias que Popayán -una por cada pecador-; no hay cuadra que no tenga una, de belleza caribe por la ornamentación y pinturas de color pastel.

El viaje fue interesante porque se viaja al exterior dentro del país; es una cultura que avizoramos lejana siendo también nuestra. Colombia es grande por la grandeza de su pueblo. Por favor, no aplaudan.   

jueves, 18 de febrero de 2010

Memorias de un hombre común

Junio doce de dos mil seis
Qué lluvia tan macha. El invierno ajustó nueve meses, lo que dura el preámbulo de la vida. Se nos han mojado hasta las ideas. Cada año el gobierno de turno le echa la culpa al invierno (antes de que le echen la culpa al gobierno por su negligencia) por los damnificados de las orillas y las vegas de los ríos y se hace el despliegue correspondiente para llevar frazadas, mercados, alimentos y drogas a unos cuantos infelices; otros, más infelices y en mayor cantidad, ven las ayudas  en la televisión de la cuadra que no se llevó el agua.
 
Aquí, en nuestro país, nos han acostumbrado a ver los problemas por el lado de las consecuencias, las causas no aparecen. Así mismo se atacan los problemas: atacando las consecuencias; como quien dice, nunca se resuelven y se vuelven cíclicos.

Cuando la televisión era en blanco y negro, había un periodista, viejo él (nunca le conocimos el color de piel, porque cuando llegó la televisión en color ya estaba alistando la mortaja), que cada año por esta época decía la misma cantaleta: “Eso de las inundaciones no es noticia nueva, ya en el siglo pasado también las había”. Nosotros, partida de gaznápiros, como decía el negro “Juancho”, nos tragábamos el cuento e inferíamos inconcientemente que no se podía hacer algo para resolver el problema que llevaba un siglo; ahora va a completar dos.

Pero si los faraones de Egipto resolvieron el problema de las inundaciones del río Nilo hace tres mil años ¿por qué nosotros -mejor dicho el Estado- no lo podemos hacer? La solución es muy simple de enunciar: Construir represas y canales de irrigación a lo largo de los ríos Cauca y Magdalena. Así lo hicieron los egipcios para regular las aguas del Nilo, el más largo del mundo.

Sin atravesar medio mundo, en Colombia, los indios zenúes en el año doscientos antes de nuestra era construyeron un sistema hidráulico que por mil trescientos años controló a las inundaciones en la costa atlántica; este sistema fue destruido con la llegada de nuestros primos menores, los españoles. Ahora padecemos las consecuencias de esa estupidez, pero el cuento nos lo voltean para que el único responsable sea el invierno.

Se me olvidaba aclarar que en el tiempo de los zenúes no había bancos que prestaran plata, argumento que se utiliza hoy para no hacer las obras, como decir en términos técnicos -así se excusa la ignorancia de los economistas- que no hay recursos frescos. Como si la mano de obra y la gente afectada -incluyendo a los ingenieros civiles varados- no fueran recursos suficientes para emprender obras descomunales. A propósito de economistas, por el correo de las brujas que ahora es el mismo e-mail de Internet circula una definición que me parece acertada: “Economista es un experto que sabrá mañana por qué lo que predijo ayer no sucedió hoy”. 

Qué invierno tan macho. Si nos atenemos a la visión objetiva del pastuso tendremos que calificar con él lo que está pasando: “Mierda, coño, chucha madre”.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo veintidós de dos mil seis
Asistí al lanzamiento del libro de un amigo, abogado él, quien tuvo la amabilidad de invitarme. Se lo agradezco. En el acto había literatos, poetas, periodistas, profesores; también “lagartos”, “patos”, políticos y fauna afín. Hacían presencia damas distinguidas, encantadoras y una que otra relandario -ver una pintura de Botero es un decir- que volteaba la cara para que no le lanzaran el piropo hipotético que creía merecer y que despreciaba por adelantado. Las personas en estos eventos adoptan unas actitudes que llaman a comentarios. Los literatos y poetas forman su grupo exclusivo, como de club inteligente, que aprovechan la ocasión para desarrollar las conversaciones represadas, cargadas de apuntes jocosos y reprimendas bohemias. Allí aparecen las novedades editoriales y las razones por las cuales se malogró una antología poética de largo aliento y asmáticos dineros. No debería ser, pero ocurre, que el dinero no se atraviesa en el momento culminante de la inspiración artística. Son muy pocos los escritores que dicen haber publicado; generalmente la mejor obra está inédita y espera el momento financiero propicio para salir al público. Entre tanto se admira al autor que lanzó su primer libro -el mismo que ahora está llamando a lista a sus amigos-, poniendo en riesgo su patrimonio entre la banca voraz.

Entre estos artistas de la palabra aparecen refundidos episodios que ilustran el momento inicial de literatos aficionados, en procura de reconocimiento; como ese que comentaron del maestro Guillermo Valencia y el joven que le presentó unos sonetos con singular orgullo para su veredicto. Pasados unos días el joven le inquirió al maestro su concepto y éste, carraspeando las palabras, dictó su parecer: “Pues vea, joven, los poemas están muy buenos como no sea para publicarlos”.

Un poeta joven que escribe poesía erótica a escondidas, para que no le descubran su debilidad de género, citó otro episodio del maestro Valencia. Resulta que el poeta, claro el viejo, estaba en un andén del parque Caldas cuando pasó una preciosa mujer -un tarrao de vieja, como dice un galardonado escritor serio- y el maestro no pudo reprimir una exclamación erótica con un galanteo caballeroso:

-¿Para dónde va, bella dama?
La señorita, linda pero inculta, sin voltear a ver le respondió:
-¡Para donde me dé la gana!
El maestro, que tenía fama de repentista, atinó a corresponder.
-Señorita, cuando llegue allí, me avisa.
  
Otra que contaron de  Valencia:

Bajo un soleado día de mercado estaban el maestro y su esposa en el balcón de su casa, ahí pegada al Humilladero, y pasó una dama de extracción popular muy amiga del maestro quien lo saludó efusiva:

-Adiós, Guillermo, ¿cómo estás?

La señora esposa del maestro se extrañó de la familiaridad de la dama con su marido y se dirigió a él:

-Pero mira, Guillermo, la confianza de esa mujer contigo. ¡Qué atrevida!
-Esas son cosas de ella.
-¿Pero no te parece inconcebible que una descachalandrada te salude así?
-Esas son cosas mías.
-A mí no me gusta que tengas ese tipo de confianza.
-Esas son cosas tuyas.

Entre los periodistas hay un afán de figurar, como mamarrachos, que se atraviesan en el preciso momento en que pretendemos ver al protagonista. No sé si en el resto del país, pero aquí siempre aparecen los mismos periodistas que reclaman atención pública como hacen las incipientes modelos travestis en trance de ingresar a la farándula. Adoptan poses complicadas, gesticulan, alzan la voz para decir verdulerías, interrumpen la visión de los espectadores de atrás con su chaleco de colores insultantes; todo en procura de no pasar desapercibidos y construir un centro imaginario de admiración. Como siempre ocurre,  estas actitudes consiguen del público tirria, animadversión y un bajo recorderis a la autora de sus días.   

De la fauna humana todo lo que se diga puede ser repetición de otros eventos, porque su comportamiento es similar. Tanto los “ lagartos” como los “patos” tienen en común que no desaprovechan reuniones culturales para destacarse como amigos de todo el mundo. A todos saludan con extrema familiaridad, así no los hayan visto ni montando en bus. La diferencia entre unos y otros está en que los “patos”, como la Santísima Trinidad, están en todas partes por cinismo social; los “lagartos” buscan un propósito, generalmente burocrático, son aduladores profesionales y áulicos cuando toca, aún más si el fin próximo lo exige. 

En ese evento, el del lanzamiento del libro de relatos comarcanos de Alvaro Urbano, además de los antedichos personajes se presentaban artistas conocidos, desconocidos y reconocidos, algunos más traqueados que discos de acetato y otros, despuntada su juventud, camino a la consagración. Me impresionó el grupo de artistas de la voz, Cantaclaro, que a capella nos recrearon viejos pasillos, bambucos y marchas casi olvidadas; los imberbes de las nuevas generaciones, que solo conocen de música primitiva, estaban más aburridos que novio con paperas.

Terminó el acto con un brindis y así, entre luces y sombras de la noche, se dispersó la concurrencia; algunos querían celebrar pero la plata no les alcanzaba; otros, de buenos pesos, esperaban que alguien los invitara gratis. En este dilema me escabullí hacia el único sitio donde todo está pago: el hogar.