jueves, 11 de marzo de 2010

Memorias de un hombre común

Julio veintiocho de dos mil seis
Es una costumbre entre las nuevas generaciones y entre los políticos, no responder lo que se les pregunta. Cualquier pregunta fácil la vuelven un cuestionamiento e inducen confusión en el pobre inquiridor, tanto que al final terminan respondiendo lo que no corresponde a la cuestión inicial. Tuve la oportunidad de llevar a una dama en mi vehículo como cortesía y la pregunta inicial y elemental que le hice fue: “¿A dónde la llevo?” Ella contestó con un “váyase por la calle quinta; y ¿usted para dónde va?” Como no estaba dispuesto a indicar mi itinerario me vi obligado a reiterarle la pregunta: “Dígame: ¿a dónde la llevo?” “Me deja por el parque”. Debí asumir que iba para el parque.

En otra ocasión había acordado con Margarita encontrarnos en el Banco en la sección de ahorros para abrir una cuenta conjunta de padres de familia del colegio. Pues bien, al llegar al banco, un poco retrasado, Margarita no estaba por ninguna parte. Me dirigí a una empleada para preguntarle: “¿Cuál es la sección de ahorros?” Y me contestó con otra pregunta: “¿A quién necesita?” Me tocó decirle que a Margarita. “¡Ay! Señor, pero ella no trabaja aquí”. “Cómo diablos va a trabajar aquí, si ella me quedó de esperar en la sección de ahorros y no sé cuál es la sección de ahorros”. “Señor, pero no se enoje que la sección de ahorros es la de allá, donde está la señora gorda de blanco”. Preciso, detrás de la señora gorda estaba Margarita.

Un notorio político -notorio por haber hecho fortuna con peculados de subalternos empleados por él en la administración pública- era entrevistado en un programa radial. A la pregunta concreta de “¿se va a aliar con el doctor Güebardo para hacer mayoría en el congreso?” respondió: “El doctor Güebardo ha sido mi contradictor y mi amigo; hemos afrontado varios debates en los cuales ha brillado su caballerosidad e inteligencia. De mi parte le guardo alta estima y estoy seguro que es una reserva que tiene la patria en las nuevas generaciones políticas”. El doctor notorio respondió lo que no le habían preguntado y nunca contestó la pregunta.  

Hace tres cuatrienios tuvimos un ministro de defensa a quien en directo lo confrontaron con el celador de una estación repetidora de comunicaciones cerca de la frontera con Venezuela. El periodista radial había establecido un diálogo con el celador y éste le confirmaba que la guardia venezolana había sobrepasado la frontera y que en ese mismo instante ocupaba el área de la estación repetidora en Colombia. Puesto al aire, en la emisora nacional, el ministro negaba que hubiera ocurrido tal violación a la soberanía. Entonces el acucioso periodista le preguntó: “Señor ministro: aquí tenemos al celador de la estación repetidora que nos confirma la presencia de la guardia nacional de Venezuela en esa estación colombiana, luego ¿no estamos ante una flagrante violación a nuestra soberanía?” El ministro contestó: “Le repito que no tengo información de puestos de avanzada del ejército en esa zona de frontera por incursión extranjera alguna”. Para el ministro el celador valía un pito y tampoco hizo propósitos de verificar la información, por tanto se arropó con un lenguaje diplomático que desmentía lo evidente confirmado horas después por la cancillería colombiana.

lunes, 1 de marzo de 2010

Memorias de un hombre común

Junio dieciséis de dos mil seis
En medio del mundial de fútbol decidí irme para Guamal (Magdalena). Viajar en pleno mundial de fútbol tiene sus ventajas, una de ellas es que ni los amigos ni los familiares se dan cuenta de que uno se ha ido y se evitan despedidas remojadas que obligan a no volver. Los seres humanos somos impredecibles y hacemos cosas nunca pensadas, solo operan las circunstancias. ¿Por qué fui a Guamal? El amigo Bladi me invitó para que conociera un puente sin carretera que atraviesa el Río Magdalena, entre la futura vía El Banco-Guamal-Mompox que apenas está en construcción. Tomé la decisión de un día para otro y me lancé a la aventura de conocer una parte de Colombia que estaba en perspectiva de visitar.

Los pueblos cercanos a la costa caribe son iguales en el sentido de que tienen desdén por el tiempo. Allí nunca pasa nada porque nunca pasa el tiempo; nadie usa reloj porque lo necesitan tanto, como nosotros la brújula. Las gentes son felices con su rutina y no la cambian, así llegue el cachaco más interesante a construir un puente en ferro-concreto que se eleve ante el Magdalena y lleguen otros más cachacos a inventarse una carretera para que el puente funcione. El día de la inauguración del puente seguramente las autoridades tendrán que importar patos y lagartos de pueblos del interior para llenar la foto -los del Magdalena son ariscos y sanos-, porque los guamaleros seguirán su vida normal de juego y reposo, preguntando si ya está listo para pasar por él.

Tuve la oportunidad de ver una familia completa, incluido el burro, jugar cartas desde las ocho de la mañana hasta las doce del mediodía; solo pararon para almorzar. Después del almuerzo volvieron a las cartas, pasando la mesa al otro lado de la calle polvorienta donde no daba el sol, hasta la casi noche. Como todo patojo me preguntaba de qué vivían y alguien me absolvió la pregunta: “Tienen un asadero de pollos que funciona de siete a nueve de la noche; en esas horas hacen la ganancia que se tiran al otro día”. Aquí no hay acumulación de riqueza, sólo sostenimiento; como no hay capitalismo, no hay deudas; como no hay deudas, hay tranquilidad; como hay tranquilidad, hay longevidad. La gente se muere de vieja bajo los cítricos y el dividivi; el calor es aplastante pero la naturaleza es pródiga en follaje.

Los guamaleros son excepcionales; pueden estar frente a la mayor eminencia humana, pero le dan el mismo tratamiento que al vecino de al lado: “¿Oye, compae Julio, ya fuite a comé marimon-da?”. Eso pasa con Julio Erazo, compositor musical de prestigio internacional, que sentado en su mecedora de mimbre de Mompox en su casa, la gente lo mira como parte del paisaje. Los muchachos pasan y sacuden el tamarindo como la mecedora de Julio y él, como si el Magdalena quedara en Marte, sigue componiendo. De ahí que el maestro diga que sólo puede vivir en Guamal, en su casa o en su finca ganadera donde es un vecino más, mientras que en otra parte la gente lo asediaría como a político recién elegido o  como a estrella del pop o futbolista dopado. Julio Erazo es la mezcla más rara de este país, algo parecido a revolver cerveza con aguacate; nació en Barranquilla, por accidente, siendo guamalero; es de padre pastuso y madre española y habla y vive como costeño, que lo es. De él se puede esperar lo que nos ha dado: música tropical y vallenata bailable  y tangos, que también se bailan. (Bailar tango es una forma elegante de caminar.)

Fui a Mompox. Sería imperdonable que estando tan cerca -escasos treinta y cinco kilómetros de Guamal, río de por medio- no hubiera ido, con el interés turístico que también a mí me afectó. Como en el trayecto se tiene el mismo transporte público que hay entre Santa Rosa y Piamonte en el Cauca: es decir, nada, me tocó alquilar una motocicleta y conducirla -algo que no hacía desde cuando me estaban saliendo las cordales- por caminos plenos de huecos. Las gentes me saludaban como si fuera vecino ancestral, pero el dolor me partía las manos y solo respondía las cortesías con una levantada de cumbamba.

Mompox es preciosa. Si le quitaran las motocicletas, los vendedores ambulantes y los autos estaríamos en los albores del siglo dieciocho y nos asomaríamos a la ribera del Río Magdalena a ver si llegan los barcos a vapor cargados de damas y caballeros elegantes, vestidos con colores claros y protegidos con discretas sombrillas y abanicos orientales.  Son tres calles que estructuran esta perla de ciudad: La Albarrada, la Del Medio y la otra, que olvidé identificar; todo porque la belleza femenina perturba la curiosidad del turista. Me gustó La Albarrada, por la nostalgia que evoca y sus casonas de dos patios, frente al río, frescas en medio de un clima de  fuego. Mompox tiene la misma proporción de iglesias que Popayán -una por cada pecador-; no hay cuadra que no tenga una, de belleza caribe por la ornamentación y pinturas de color pastel.

El viaje fue interesante porque se viaja al exterior dentro del país; es una cultura que avizoramos lejana siendo también nuestra. Colombia es grande por la grandeza de su pueblo. Por favor, no aplaudan.   

jueves, 18 de febrero de 2010

Memorias de un hombre común

Junio doce de dos mil seis
Qué lluvia tan macha. El invierno ajustó nueve meses, lo que dura el preámbulo de la vida. Se nos han mojado hasta las ideas. Cada año el gobierno de turno le echa la culpa al invierno (antes de que le echen la culpa al gobierno por su negligencia) por los damnificados de las orillas y las vegas de los ríos y se hace el despliegue correspondiente para llevar frazadas, mercados, alimentos y drogas a unos cuantos infelices; otros, más infelices y en mayor cantidad, ven las ayudas  en la televisión de la cuadra que no se llevó el agua.
 
Aquí, en nuestro país, nos han acostumbrado a ver los problemas por el lado de las consecuencias, las causas no aparecen. Así mismo se atacan los problemas: atacando las consecuencias; como quien dice, nunca se resuelven y se vuelven cíclicos.

Cuando la televisión era en blanco y negro, había un periodista, viejo él (nunca le conocimos el color de piel, porque cuando llegó la televisión en color ya estaba alistando la mortaja), que cada año por esta época decía la misma cantaleta: “Eso de las inundaciones no es noticia nueva, ya en el siglo pasado también las había”. Nosotros, partida de gaznápiros, como decía el negro “Juancho”, nos tragábamos el cuento e inferíamos inconcientemente que no se podía hacer algo para resolver el problema que llevaba un siglo; ahora va a completar dos.

Pero si los faraones de Egipto resolvieron el problema de las inundaciones del río Nilo hace tres mil años ¿por qué nosotros -mejor dicho el Estado- no lo podemos hacer? La solución es muy simple de enunciar: Construir represas y canales de irrigación a lo largo de los ríos Cauca y Magdalena. Así lo hicieron los egipcios para regular las aguas del Nilo, el más largo del mundo.

Sin atravesar medio mundo, en Colombia, los indios zenúes en el año doscientos antes de nuestra era construyeron un sistema hidráulico que por mil trescientos años controló a las inundaciones en la costa atlántica; este sistema fue destruido con la llegada de nuestros primos menores, los españoles. Ahora padecemos las consecuencias de esa estupidez, pero el cuento nos lo voltean para que el único responsable sea el invierno.

Se me olvidaba aclarar que en el tiempo de los zenúes no había bancos que prestaran plata, argumento que se utiliza hoy para no hacer las obras, como decir en términos técnicos -así se excusa la ignorancia de los economistas- que no hay recursos frescos. Como si la mano de obra y la gente afectada -incluyendo a los ingenieros civiles varados- no fueran recursos suficientes para emprender obras descomunales. A propósito de economistas, por el correo de las brujas que ahora es el mismo e-mail de Internet circula una definición que me parece acertada: “Economista es un experto que sabrá mañana por qué lo que predijo ayer no sucedió hoy”. 

Qué invierno tan macho. Si nos atenemos a la visión objetiva del pastuso tendremos que calificar con él lo que está pasando: “Mierda, coño, chucha madre”.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo veintidós de dos mil seis
Asistí al lanzamiento del libro de un amigo, abogado él, quien tuvo la amabilidad de invitarme. Se lo agradezco. En el acto había literatos, poetas, periodistas, profesores; también “lagartos”, “patos”, políticos y fauna afín. Hacían presencia damas distinguidas, encantadoras y una que otra relandario -ver una pintura de Botero es un decir- que volteaba la cara para que no le lanzaran el piropo hipotético que creía merecer y que despreciaba por adelantado. Las personas en estos eventos adoptan unas actitudes que llaman a comentarios. Los literatos y poetas forman su grupo exclusivo, como de club inteligente, que aprovechan la ocasión para desarrollar las conversaciones represadas, cargadas de apuntes jocosos y reprimendas bohemias. Allí aparecen las novedades editoriales y las razones por las cuales se malogró una antología poética de largo aliento y asmáticos dineros. No debería ser, pero ocurre, que el dinero no se atraviesa en el momento culminante de la inspiración artística. Son muy pocos los escritores que dicen haber publicado; generalmente la mejor obra está inédita y espera el momento financiero propicio para salir al público. Entre tanto se admira al autor que lanzó su primer libro -el mismo que ahora está llamando a lista a sus amigos-, poniendo en riesgo su patrimonio entre la banca voraz.

Entre estos artistas de la palabra aparecen refundidos episodios que ilustran el momento inicial de literatos aficionados, en procura de reconocimiento; como ese que comentaron del maestro Guillermo Valencia y el joven que le presentó unos sonetos con singular orgullo para su veredicto. Pasados unos días el joven le inquirió al maestro su concepto y éste, carraspeando las palabras, dictó su parecer: “Pues vea, joven, los poemas están muy buenos como no sea para publicarlos”.

Un poeta joven que escribe poesía erótica a escondidas, para que no le descubran su debilidad de género, citó otro episodio del maestro Valencia. Resulta que el poeta, claro el viejo, estaba en un andén del parque Caldas cuando pasó una preciosa mujer -un tarrao de vieja, como dice un galardonado escritor serio- y el maestro no pudo reprimir una exclamación erótica con un galanteo caballeroso:

-¿Para dónde va, bella dama?
La señorita, linda pero inculta, sin voltear a ver le respondió:
-¡Para donde me dé la gana!
El maestro, que tenía fama de repentista, atinó a corresponder.
-Señorita, cuando llegue allí, me avisa.
  
Otra que contaron de  Valencia:

Bajo un soleado día de mercado estaban el maestro y su esposa en el balcón de su casa, ahí pegada al Humilladero, y pasó una dama de extracción popular muy amiga del maestro quien lo saludó efusiva:

-Adiós, Guillermo, ¿cómo estás?

La señora esposa del maestro se extrañó de la familiaridad de la dama con su marido y se dirigió a él:

-Pero mira, Guillermo, la confianza de esa mujer contigo. ¡Qué atrevida!
-Esas son cosas de ella.
-¿Pero no te parece inconcebible que una descachalandrada te salude así?
-Esas son cosas mías.
-A mí no me gusta que tengas ese tipo de confianza.
-Esas son cosas tuyas.

Entre los periodistas hay un afán de figurar, como mamarrachos, que se atraviesan en el preciso momento en que pretendemos ver al protagonista. No sé si en el resto del país, pero aquí siempre aparecen los mismos periodistas que reclaman atención pública como hacen las incipientes modelos travestis en trance de ingresar a la farándula. Adoptan poses complicadas, gesticulan, alzan la voz para decir verdulerías, interrumpen la visión de los espectadores de atrás con su chaleco de colores insultantes; todo en procura de no pasar desapercibidos y construir un centro imaginario de admiración. Como siempre ocurre,  estas actitudes consiguen del público tirria, animadversión y un bajo recorderis a la autora de sus días.   

De la fauna humana todo lo que se diga puede ser repetición de otros eventos, porque su comportamiento es similar. Tanto los “ lagartos” como los “patos” tienen en común que no desaprovechan reuniones culturales para destacarse como amigos de todo el mundo. A todos saludan con extrema familiaridad, así no los hayan visto ni montando en bus. La diferencia entre unos y otros está en que los “patos”, como la Santísima Trinidad, están en todas partes por cinismo social; los “lagartos” buscan un propósito, generalmente burocrático, son aduladores profesionales y áulicos cuando toca, aún más si el fin próximo lo exige. 

En ese evento, el del lanzamiento del libro de relatos comarcanos de Alvaro Urbano, además de los antedichos personajes se presentaban artistas conocidos, desconocidos y reconocidos, algunos más traqueados que discos de acetato y otros, despuntada su juventud, camino a la consagración. Me impresionó el grupo de artistas de la voz, Cantaclaro, que a capella nos recrearon viejos pasillos, bambucos y marchas casi olvidadas; los imberbes de las nuevas generaciones, que solo conocen de música primitiva, estaban más aburridos que novio con paperas.

Terminó el acto con un brindis y así, entre luces y sombras de la noche, se dispersó la concurrencia; algunos querían celebrar pero la plata no les alcanzaba; otros, de buenos pesos, esperaban que alguien los invitara gratis. En este dilema me escabullí hacia el único sitio donde todo está pago: el hogar.

martes, 26 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo dieciocho de dos mil seis
Se diría que hoy no hay tema para comentar, que es un día intrascendente, semejante a un chiribitil de monjas. Sin embargo hay mucho por decir en este entorno de seres humanos, civilizados unos, ignorantes ilustrados otros, apendejados los de allá, cizañosos los de aquí  y definitivamente estúpidos los más. En una reunión de padres de familia con sicóloga a bordo -lo cual permite que nadie se cohíba al hablar- y usando como sede un batallón militar -lo que acentúa que no habrá cohibición- se ilustraba sobre la educación de los hijos adolescentes. En una cartilla pre-elaborada se leía y se acataba todo lo ahí expresado; nadie se atrevía a disentir, parecía una congregación de unánimes. Había madres, antes que padres, que recibían las instrucciones como verdades reveladas por el profeta infalible de la nueva luz. Se nota que estas reuniones no se hacen para pensar sino para acatar. Aquí opera el síndrome de Homero Simpson, una tira cómica que lo es por lo irreverente, al ilustrar a la sociedad de clase media norteamericana tal como es: trabajadora, intrascendente y mentalmente escuálida. En un capítulo de la serie gráfica instaban a Homero Simpson a pensar y dijo: “Eso no lo hago. Para eso elijo alcalde, senadores y presidente, para que piensen por mí”. Otro literato, de elevada cultura, que por serlo no recibió el premio Nóbel de literatura, Jorge Luis Borges, decía con absoluta autoridad: “El hombre en general es muy haragán, y prefiere que otro asuma la responsabilidad de sus actos. Profesar una religión o afiliarse a un partido o una doctrina, es un buen pretexto para no pensar”.

Pues bien, en la reunión aludida los padres se tomaron una hora -el tinto se lo tomaron en cinco minutos- para llegar a una mayoría, que no alcanzó el consenso, de aprobación en el sentido de que la autoridad había que imponerla para corregir el desvío de las nuevas generaciones; y fue cuando dejé a un lado mis prevenciones y, en aras de defender a los jóvenes ausentes, intervine. En la tal cartilla se afirmaba que la autoridad era fundamental para el buen desarrollo de la personalidad, que los padres debían ejercerla para imponer las reglas de comportamiento en los hijos. Que no se debía hacerles fácil la vida a los muchachos porque tenían que enfrentar situaciones para las cuales debían estar preparados. Que las salidas nocturnas para “sardinos” y “zanahorias” debían tener un horario estricto si no se podían impedir.

Para que vean que yo también me jalo mis discursos, dije:

-Después de oírlos a ustedes, me tocó hablar para contradecir lo que hasta ahora se ha expresado. Para mí, por encima de la autoridad está el respeto. Si yo respeto a mis hijos, ellos me respetan; si los profesores respetan a los alumnos, los alumnos devolverán el respeto con creces: aprendiendo; el respeto es recíproco. El respeto se aprende, no se impone; quienes lo enseñan son mayores, en edad y dignidad. La autoridad emana del respeto, se acata naturalmente, sin imposiciones. Las reglas de comportamiento, en un grupo sociable, son espontáneas, no impositivas, y el ser humano se adapta a cualquier situación por extrema que sea. Los niños, los jóvenes, son seres humanos pensantes y por lo mismo deben tratarse con respeto y hablarles con argumentos que asimilen e influyan en su comportamiento. No es el mismo tratamiento que se da a los animales, que aprenden por condicionamiento. Si le doy un perrerazo a mi mascota que se orinó el butaco, lo más seguro es que no se lo vuelva a orinar u orine el del vecino, que no tiene perrero. Pero así no somos los seres humanos, nosotros aprendemos por raciocinio y, cuando somos niños -en plena evolución de la inteligencia-, por ejemplos paternos. Por eso mismo hay que cuidar de nuestros comportamientos y nuestras palabras, pues los niños las asimilan y las almacenan para repetirlas en circunstancias parecidas.

No estoy de acuerdo con que mis hijos sufran para que aprendan a enfrentarse al mundo. Quiero que mis hijos disfruten su niñez y su juventud y yo disfrutaré apoyándolos; si les toca enfrentarse al mundo, ellos tendrán esa capacidad de adaptación natural de los seres humanos a un mundo hecho por humanos. Qué tal que si vamos a vivir al Canadá, desde ya empecemos a dormir en el congelador de la nevera como preparación al frío que nos tocará enfrentar. No. Disfrutemos nuestro clima mientras llega la nueva situación. 

Hay normas que por lo absurdas no se cumplen. Eso de fijar las doce de la noche para que regresen a casa después de una fiesta chévere, no lo cumple ni el marido. Las buenas rumbas empiezan a las once de la noche y se acaban a las tres de la mañana; hay otras que empiezan más temprano y se acaban igual, pero son merienda de negros, un zambumbe con chichonera.

Para terminar, voy a referirles una anécdota. Una vez en Cali, con ese calor de desierto, en verano, llegué a un puesto de venta de jugos naturales con el propósito de evitar una deshidratación. El dependiente me atendió con una reiterada expresión que me molestaba. Me decía paisita. Paisita  para allá y paisita para acá. Hasta que me emberraqué y le dije: A mí no me digás paisita, que yo no soy paisa. El señor, ya enfrentado, quiso apachurrarme: “¿Cómo quiere que le diga? ¿Pastusito? ” Fue entonces cuando impuse mi teoría: Decime señor, que es respetuoso y el respeto vende más que ese cariño falseado.

Cuando terminé, los padres de familia no me aplaudieron; estaban pensando...

domingo, 17 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo catorce de dos mil seis
Día de la madre, día de las madres: Día del comercio. Pobres mamás que conozcan por un regalo que sus hijos las quieren. El amor no necesita materialización diferente a las caricias, besos, abrazos, compañía, voces al oído; manifestaciones de los sentimientos. Desde chiquitos -cuando empezábamos a orinarnos los pantalones cortos- nos enseñan a regalar a la mamá, cuando antes nadie nos enseñó a acariciarla, besarla, abrazarla y decirle ga, buá, má, agugú, pero lo hacíamos y ella era muy feliz sin regalos.

Ahora hay que regalar para ser buen hijo; si no hay plata, le prestan. La publicidad lo dice; se puede financiar el regalo de la madre en cómodas cuotas mensuales, así choque con los servicios públicos o la pensión del hijo estudiante o la remesa de cada mes. Mientras más caro sea el regalo, más cariño se tiene por mamá. Lo dicen los comerciantes que saben de sentimientos, como mi primo bobo sabe de viajes en ovni.

Hay publicidades que exaltan lo nimio y vilipendian al amor. Una de estas decía: “Haga feliz a mamá, en su día. Regálele una lavadora Sanson”. Si hacer feliz a la mamá es ponerla a lavar ropa, así sea en una lavadora automática, en su día, los conceptos de felicidad han cambiado.

También regalan a la madre ollas arroceras, hornos, baterías de cocina; la ponen a cocinar cuando termina de lavar y después a aspirar y encerar el piso, con la última tecnología que al aspirar se traba y cuesta tanto la destrabada como la aspiradora y enceradora juntas. A la pobre madre le resulta más económico tirar al patio los regalos electrodomésticos y volver al sistema de escoba y trapeador. Este nunca se traba, si acaso elimina el ruido y la pereza.

Hay regalos grotescos. Como el hijo que le regaló un automóvil a la mamá, cuando ella nunca ha conducido un vehículo en su vida; salvo la vez en que estuvo de pie al frente del coche fúnebre, cuando murió su esposo. La mamá tiene que contratar los servicios de un chofer, razón por la cual sale más caro el conductor que el carro.

En los tiempos que transcurren hay mamás muy jóvenes y modernas; con decir que casi todas tienen dos hijos y ningún esposo. Sin embargo las canciones que exaltan la calidad de madre siempre hablan de la mamá vieja. Los compositores de antaño se acordaban de cantarle a la madre cuando ya estaba en las últimas, cuando solo cabía el lamento del hijo que no fue capaz de hacerla feliz. ¿Por qué, pregunto, no hay compositores nuevos que inventen canciones a la madre joven, que sean alegres como un ringlete?  La canción a la madre no debe ser triste, como la vida tampoco es lamentable -así estemos casados y con deudas- y la madre es ante todo vida que siempre procura felicidad. ¿Por qué tenemos que llorar cuando le cantamos a la mamá?
   
Pasó el día de la madre. Para muchas mamás fue la ocasión de aglutinar a los hijos dispersos y a los nietos desconocidos; para la mayoría un alto en la rutina de este trajinar comercial con hijos presentes y ausentes, pero siempre amados.

sábado, 9 de enero de 2010

Memorias de un hombre común

Mayo diez de dos mil seis
Nuestra sociedad pacata, goda, filistea, es la mezcla más extraña de contradicciones. Lo vemos a diario en los medios audiovisuales. En la televisión, por ejemplo, no se permite  el uso de palabras que escandalicen o sonrojen al televidente -así le llaman al menso que ve la tele con la boca abierta-. En nuestro país una injuria apostrofada escandaliza más que una masacre de veinte labriegos. Se está en contra de la violencia de todo tipo y sin embargo se reclaman  series de gangsters gringos -donde se ven tantos muertos como extras mexicanos que para no echarlos tampoco les pagan- que algunos exégetas proclaman  como buen cine. A las cosas normales no se las llama por su nombre propio sino por otro que aproxima el significado y en veces lo escuda. Se pretende así asumir respeto hacia el televidente cuando más tarde lo agravian con sofismas que insultan a su inteligencia.

Veamos unos casos que vienen de perlas para la ilustración:

Por estos días hay un concurso en la televisión que se llama “La mejor cola”. Cuando recién apareció me imaginé que los concursantes eran caballos, yeguas y en el peor de los casos un “reality” con  muchachas de servicio doméstico de cabellos largos. Pues no. Se trataba de un concurso de culos de bellas damas que no tenían empacho en mostrar las formas onduladas y perfectas de sus caderas esplendorosas.

Lo más simpático era cuando algunas presentadoras, que fungían de jurados, usaban términos insignificantes, en el estricto sentido de la palabra, para evitar la palabrita grosera. Una dama que públicamente nos confesó que había estudiado en Francia -cuando se quitó los clientes de encima-, hablaba de un voluptuoso “derriere”; otra, más cercana a la farándula circense, se refería a esas deliciosas posaderas como “el pompis”; todas y todos en grupo, no decían culo sino cola. Aquí lo directo se trastoca fácilmente en bajeza, que es peor que la grosería. Así somos. Nos escandaliza nuestro cuerpo; peor aun, sentimos vergüenza de él. Menos mal que los animales que tienen cola no están al tanto de esta absurda idiotez, por razones de especie, porque si no demandaban al dichoso concurso por suplantación. Para mí, cola es cola, la parte larga con pelos que tienen algunos animales para espantar moscos desde atrás; y culo es... bueno, ya sabemos dónde está y para qué sirve. Además, científicamente demostrado está que los seres humanos no tenemos cola. Por lo tanto solo debe haber concursos de colas con animales mamíferos, excluyendo a las mujeres.

La televisión transmitió en vísperas electorales la intervención de un estudiante de una prestigiosa universidad del país frente al presidente de la república, donde le preguntaba si era cierto que se había entregado la selva amazónica a los norteamericanos y si el TLC (no quiere decir Te Las Cobro, sino tratado de libre comercio) iba a producir un efecto peor que la apertura económica de un presidente anterior, que dejó al campo en ruinas.

No me voy a referir a la actitud del presidente -de esto ya se encargaron los opositores-, sino al comunicador de una cadena radial que en un alarde de alabanza al mandatario descalificó al muchacho diciendo que no sabía dónde estaba parado. El estudiante no estaba asegurando ni dando por cierto lo explícito de su pregunta. Estaba preguntando y cuando uno pregunta pretende que la respuesta sea la verdad o se aproxime a ella. Cuando se pregunta es precisamente porque se quiere saber lo que se ignora o se duda.

Aquí el comunicador dejó ver sus preferencias políticas y se apartó de la lógica. Hay agresión contra el oyente a quien le pretenden sustituir la simple lógica de una pregunta, por el credo de una afinidad política difamando al cuestionador. Hay insulto a la inteligencia. Claro que para algunos oyentes radiales solo hay insulto cuando le lanzan el correspondiente improperio en respuesta a un interrogante o, para ser menos drástico, hacer explícita la madre de por medio, cuando debería estar ausente. No. También hay insulto cuando el oyente espera la absolución de la pregunta  y no el rechazo agraviado, sin responder.

Pero dejemos a un lado la filosofía elemental y veamos otro ejemplo de sociedad contradictoria.

En un reportaje televisivo se mostraba la vida nocturna de las prostitutas en Bogotá. Los periodistas, que se meten hasta en las cobijas polvorientas de un gulungún, preguntan de todo -incluido el momento cumbre de la faena- y esperan respuestas con pelos y señales; dicen lo normal y lo absurdo del surrealista entorno; nunca utilizaron la palabra puta. Es posible que la consideraran demasiado agresiva por lo evidente y, por lo mismo, la evitaran frente a quienes -con sobrados méritos- detentan el calificativo eximio, sinónimo de profesión. En su defecto, las damas en cuestión eran tratadas como “trabajadoras sexuales”, “trabajadoras de la noche”, “masajistas” y “show girls”. Debo reconocer que estas mujeres se expresaban en la misma forma como las trataban, eran respetuosas, graciosas y cuidaban sus palabras. También en el extremo social hay respeto.

Sin embargo este reportaje -pleno de drama y tragedia, nunca de lujuria o erotismo- se pasaba en el mismo canal donde se emitía una serie o telenovela en la cual el protagonista -un tipo bien parecido... a un mico-, cuando reparó en que por largo tiempo había oficiado como  doble macho cornudo, trató de puta a su mujer y de reputa a su amante.

Al paso de trote que vamos, el apelativo de calificación en el lugar que corresponde, pasará a ser insulto menor en el honorable hogar caído en desliz.