miércoles, 4 de noviembre de 2009
Memorias de un hombre común
lunes, 19 de octubre de 2009
Memorias de un hombre común
lunes, 14 de septiembre de 2009
Memorias de un hombre común
Abril siete de dos mil seis
Cuando uno no tiene nada que hacer, seguro alguien lo ocupa o lo pone a trabajar. Ayer me encontré a un ex-compañero de empresa -donde hacía lo que hago hoy, con la diferencia de que ahora se dan cuenta- que me recordó varios de los episodios anecdóticos que vivimos y que fueron tema de conversación en reuniones sociales de fin de año. El amigo me invitó a que recopilara esos eventos porque, según él, tengo buena memoria -eso de que no olvido las deudas, no quiere decir- para repasarlos el fin de semana alrededor de unos vasitos que se transparentan con un líquido que no se ve de principio a fin pero que ennoblece y transforma hasta el punto de volverse uno actor, prestidigitador, seductor -si hay alguna dama cerca-, hermano y hasta compadre de los recién conocidos. Como también presumo de bohemio, dije lo que toda dama dice después de un asedio de años: “Sí”.
Y aquí está la recopilación. En la reunión no cambio los nombres pero aquí sí, por aquello del respeto a los implicados. Y quién quita, al contrario del corroncho aquel, que ninguno quiera alcanzar la dimensión universal.
Aquí, en mi ciudad, el gerente de turno una vez citó a reunión urgente a todos los jefes de sección, jefes de grupo y de área. El propósito de la aglomeración de jefes era escuchar el último chiste en boca de quien quitaba y ponía en la gerencia.
-¡Y usted por qué no se ríe!
Torres Gallo era supervisor de líneas en la gerencia del Cauca, un cargo importante de la época. En ese tiempo, cuando las culebras tenían patas, había llegado un nuevo gerente, que una vez le cogió confianza al supervisor, le solicitó que fuera el sábado siguiente a su casa para llevar a su esposa a hacer el mercado en el único campero que poseía la empresa, un Land Rover modelo mil novecientos sesenta y ocho.
Torres Gallo se puso serio y le aclaró:
-Sepa y entienda, mi señora, que yo soy el supervisor de líneas y cables de la empresa nacional de telecomunicaciones.
-¡Ve qué cosita, y hasta creído resultó el chofer!
Daniel Bustos, un antiguo jefe de la empresa en Buga (Valle), fue comisionado para reemplazar un turno de vacaciones del jefe de la empresa en Popayán. Eran los tiempos en que se daba manivela a los teléfonos.
-¿Y como qué cosa grave puede suceder?
-Por ejemplo, que alguien se muera.
-¡Pues entiérrenlo!
Mario, revisor de auditoría de la empresa, había faltado a su puesto de trabajo y se rumoraba que estaba bastante enfermo. Después de un largo tiempo, Mario apareció en la cafetería y el ingeniero Marco, también de la empresa, con su característica sonrisa se le acercó y lo saludó efusivo:
-Pues cómo le parece, ingeniero, que estuve con un pie en la caja y el otro en la tierra.
-¡Uuy! ¿Estuvo a punto de morir?
-No, me estaba haciendo embolar.
Eso de ser tribuno no es para todos. Un jefe de oficina de la empresa, en un pequeño pueblo fue obligado por las circunstancias a inaugurar un servicio en una vereda, antecediendo en la palabra al gerente de entonces. Después de enredarse con casi todas las frases que dirigió a la concurrencia, atinó a cortar el discurso improvisado diciendo: “Yo como soy malo para hablar paja, mejor que hable el gerente”.
En toda empresa siempre hay un empleado que presume lo que no es. En la nuestra ese empleado era celador y como el tipo era impecable en el vestir, con kepis y uniforme bien planchado, mantenía ínfulas de persona importante. En cierta ocasión llegó un periodista a la puerta de acceso y preguntó:
-¿El señor gerente?
-No, el celador Jaime Ordóñez.
Cuando todavía existían las líneas físicas, los llamados guardalíneas y obreros eran personas importantes en las comunicaciones, aunque bastante ordinarios en el trato. En cierta ocasión al llamado gerente regional, quien administraba una vasta zona que incluía a Valle, Cauca y Nariño, le dio por hacer una reunión en Popayán con los guardalíneas y obreros. Después de la demagogia que se mandaba el gerente, sobre cómo trabajar, cuando ni siquiera conocía un villamarquín, animó a los asistentes para que manifestaran las quejas e inquietudes que tenían. Preciso se levantó un obrero a quien apodaban “Chiguaco”, que dijo más o menos lo siguiente: “Doctor, pues yo estoy de acuerdo que entre compañeros haya más respeto, porque entre nosotros nos llamamos por apodos y eso no debe ser. Nosotros somos personas que tenemos un nombre y entonces pues nos llaman por apodos y eso a uno le da rabia”. Y, dirigiéndose al supervisor, como para tener su aceptación, le preguntó: “¿No es cierto, don Chigüiro?”
Por intrigas politiqueras nombraron a un ingeniero -¡pero qué clase de ingeniero!- como jefe de esta importante oficina de comunicaciones del norte del Cauca. Durante el mandato de este espécimen llegaron unos agentes de seguridad del Estado a solicitarle un permiso especial para monitorear unas líneas telefónicas rurales cercanas al corregimiento de Mondomo (Cauca). El ingeniero los envió con una nota interna donde Raymundo, experto de la central telefónica, para que hiciera los puentes técnicos correspondientes y les facilitara a los sherlock holmes colombianos su labor. Cuando llegaron los agentes y le extendieron la nota al técnico, éste les dijo:
Después de asistir a un curso que duró dos semanas en Bogotá, el negro Mina y yo estábamos más aburridos que mujer recién abandonada. Ese viernes hacia las cinco de la tarde quedamos listos para viajar, el negro a Cali y yo a Popayán. Mina viajaba el sábado en Avianca a cualquier hora, en cambio yo tenía que madrugar, también el sábado, a las seis, porque el vuelo de Intercontinental salía a las siete de la mañana y no había más por ese día.
La señora donde nos alojábamos -una residencia donde cabía el negro y yo en una pieza pero en diferente cama- nos ofreció un agasajo de despedida que incluía comida, trago y baile, para que se nos olvidara lo que habíamos aprendido. Ya en plena parranda, le comenté al negro mi preocupación por la madrugada, vaya y no me levantara a las seis, perdiera el vuelo y, obligado, tuviera que quedarme en Bogotá sin plata hasta el domingo.
En la algarabía de imágenes de borracho trasnochado oía al fondo unos gritos persistentes que no me dejaban dormir:
-¡Víctor! ¡Víctor!
-Son las ocho.
-Pero si mi vuelo era a las siete y tenía que estar a las seis en el aeropuerto. Ya lo perdí.
-Tranquilo, Víctor, me dijo el negro corriendo las cortinas y abriendo sus ojos trasnochados de tono café con leche como de grata sorpresa al ver el cielo gris, ese vuelo no ha salido porque el cielo está encapotado. Seguro que si te vas ya, lo alcanzás.
-Uuf, señor, ese avión ya está en Popayán. Salió a las siete de la mañana.
Quedé como quien recibe la noticia de la muerte de un negro querido. Me echaba la culpa, le echaba la culpa al negro; al final desfogué mi piedra con un vigilante, que por mi aspecto y olor me confundió con un reciclador.
Decidí ir hasta la Terminal de Transportes, con la esperanza de dormir las doce horas que dura el viaje en bus. Todo por hacerle caso al negro.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Memorias de un hombre común
Marzo treinta de dos mil seis
Me dicen que hoy los programas de radio más escuchados son aquellos cuyo lenguaje alcanza la lumpenización. Se necesita tener oído de taladrador de pavimentos para escuchar alguna radio moderna. Ahora, en estos tiempos de estruendos desafinados, de sinfonías metálicas, a los oyentes se les ha perdido el buen gusto que no es otro que hablar bien -usar los términos precisos- y oír bien -evocar palabras como arpegios musicales-. Hay, en nuestro vasto idioma, palabras que tienen la delicada misión de insultar en forma decente, y otras, agrestes, que atacan con violencia y sevicia. El público, por lo que me han contado, prefiere estas últimas y también las primeras.
La radio dejó de ser un medio cultural y pasó a ser un fin comercial: se cambian sancochos por lisonjas. En otros diales la chabacanería hace curso: el locutor de turno -cuya voz es tan desagradable como una balinera oxidada- pretende dar cátedra de buen comportamiento político indicando a sus oyentes cómo deben votar, cuando es al extremo ignorante de las tendencias políticas y aún más del comportamiento de las masas, que sí saben de política. El resultado inevitable es el coro de risas de esos oyentes antes de las elecciones y la frustración desesperada del cotorro aprendiz de politólogo después de ellas.
A algunos comunicadores les pasa lo mismo que a ciertos funcionarios estatales, que cuando tienen un micrófono y se lo llevan a la boca creen que todo cuanto dicen es la pura verdad; los empleados del Estado de que hablamos creen que el cargo los llenó de sabiduría aunque no hayan pasado y menos entrado a la Universidad. Por eso oimos a locutores que opinan de todas las ramas del saber sin saber y a funcionarios que ordenan para después des-ordenar, porque eso de estrellarse contra la realidad es tan revelador como entender que no se entiende.
En cierta ocasión un locutor que no era ducho en términos de pesca y sabía menos de geografía local, entrevistaba a un miembro del club de caza y pesca de esta región, plena de truchas y tilapias. El pescador dijo que en la población de Mojarras -al sur de Popayán- había pescado diecisiete zabaletas, con lo cual pretendía incentivar el deporte de la pesca hacia esa zona. Después hablaron de las posibilidades de una comercializa-ción de los peces, construyendo criaderos artificiales. Finalmente el locutor volvió a referirse a la pesca inicial del entrevistado para confirmar la cantidad y le preguntó: “¿Me recuerda usted cuántas mojarras pescó en Zabaletas?”
No dejan de ser simpáticas las metidas de pata de nuestros comunicadores. Si aquí relaciono algunas es por su contenido de buen humor y en ningún momento para someterlos a la cursilería ni a la descalificación. Tampoco se debe ser absoluto y decir que todo el gremio es ignorante o ridículo. Hay comunicadores -lástima que sean poquitos- soberbios en el decir, cultos e inteligentes; son los que conservan un alto nivel en esta actividad y nos mantienen pegados al artefacto ese de transistores, parlante y perillas.
Me acuerdo de que en Silvia -población fría y alta al oriente de Popayán- estaban entrenando unos ciclistas italianos que iban a participar en la vuelta a Colombia en bicicleta de la época. En ese lugar se encontraba un comunicador de reciente promoción, quien al verlos -tan altos y monos como son los norteños de Italia- se emocionó tanto que pidió cambio a la emisora principal con el propósito de entrevistarlos en vivo y así causar el impacto de la “chiva”, como se dice en el periodismo. Cuando le dieron el cambio, el novel reportero les hizo señas a los italianos para que se acercaran a hablar por el micrófono, pero éstos, más despistados que un gorrión en un gallinero, le hacían entender que no hablaban español. Entonces el comunicador utilizó el recurso más inmediato, extendió el micrófono y les dijo: “Tranquilos, hablen por aquí que allá les entienden”.
En el argot radial se denomina bache a ese espacio silencioso que hay en una transmisión y que produce angustia en los directores ante el temor de que el oyente cambie de emisora al no escuchar ningún sonido. Pues bien, a nuestra tierra llegó un paisa como gerente de una de las estaciones radiales de mayor aceptación, quien no tenía idea de qué era una emisora ni para qué servía. Pasados quince días de su gestión, apareció el lambón, que no falta, para decirle, a manera de felicitación, que desde que él había llegado se acabaron los baches. El gerente lo tomó como una deficiencia de su parte e inmediatamente ordenó con su acento paisa melodramático: “¡Si se acabaron los baches, pues mandémolos a traer de Medellín!”
Un coleccionista de música vieja montó un programa en una de nuestras emisoras locales y tuvo amplia aceptación. El problema era que él no poseía las cualidades de un locutor presentador, ni la plata para contratarlo, de ahí que decidió presentarlo asumiendo los riesgos, legales ante el Ministerio de Comunicaciones y radiales ante sus oyentes. Como dice la Ley de Murphy, lo que se hace mal, continúa mal y termina mal. Al programa llamaban numerosos oyentes solicitando canciones viejas de los años de mamá upa, al punto que nuestro coleccionista se consideró autorizado para salirse del libreto e improvisar: “Como llaman muchos oyentes para pedir más música vieja, hemos decidido anchar el programa”.
A veces las secretarias captan la idea del gerente hasta la mitad y sobreviene la consabida “metida de pata”.
-Ya lo llamo, doctor.
Entre risas y coqueteos con el gordo, Doris cogió el teléfono y marcó.
-Aló, ¿señor?
-Habla el secretario.
-Ah, ¿el señor secretario del colegio? Es de parte del gerente de Caracol. ¿Por favor me pasa al señor Ezequiel Hurtado?
-Señorita, eso es imposible.
-¿Imposible? ¿Por qué?
-Señorita, el señor Ezequiel Hurtado murió hace como cien años.
La radiodifusión tiene la ventaja de la inmediatez. Lo que ahora se llama acción en tiempo real, la radio lo viene haciendo desde antaño, cuando se ponía a funcionar la imaginación. Y hablando de imaginación, hoy los únicos seres que la usan son los radioyentes. Y si no, dígame cómo se imagina un oyente un campo de fútbol cuando el narrador dice que el jugador tal “lleva la pelota por terreno plano”. También sucede que la imaginación se rebela y no acepta eso de “le manda una pelota larga”. Sí, en el fútbol ocurren muchas incongruencias derivadas de utilizar sinónimos reforzados, unidos a un presunto conocimiento técnico del oyente; así, por ejemplo, alguien lego no entendería la expresión “el líbero se impulsa y con palanca derecha saca la pecosa de las cinco con cincuenta”.
Decíamos que la radio tiene inmediatez. Esto es posible porque en todas partes hay corresponsales espontáneos. Me tocó ser oyente hace tantos años -que no digo para no parecer longevo, que es la peor de las enfermedades- de un acontecimiento que puso en riesgo a la isla de San Andrés. El peligro al final de cuentas no fue tal, sino que el corresponsal de aparición súbita lo llevó al extremo por un pequeño detalle.
Estaba oyendo un programa musical de mi predilección, cuando la emisora lo interrumpió para dar paso a una noticia de última hora. Se trataba de un fuerte vendaval que azotaba a las islas en ese momento, y para ser fiel al eslogan de “desde el lugar de la noticia” le dieron paso a un corresponsal improvisado, quien, acoquinado por la agitación, no creo que por el fenómeno natural sino por la responsabilidad de hablar para todo el país, dijo: “En este momento el vendaval es tan fuerte que ha producido una grave inundación en la isla. Se calcula que el nivel de las aguas está por encima de los cincuenta metros”. Bueno, uno entra en un pánico inicial -¿El señor estará en el cerro más alto?- que cede luego a la hilaridad -el señor se equivocó, se asustó o no está seguro del sistema métrico decimal-.
Después de un tiempo, cuando la duda hacía aguas, apareció otro corresponsal menos improvisado que aclaró: “El nivel de la inundación alcanzó los cincuenta centímetros”.
viernes, 10 de julio de 2009
Memorias de un hombre común
Marzo veintisiete de dos mil seis
Los jóvenes de colegio acaban de presentar los llamados exámenes de Estado para ingreso a la Universidad. ¡Pobrecitos! Las tres cuartas partes no ingresarán y tendrán que bandearse en un país donde las oportunidades son abundantes para pasar de clase media a clase marginada. No hablo de los ricos, porque ellos tienen resuelto el problema desde que nacieron y porque no faltará, si lo hago, quien me sitúe en la clase social de los desagradecidos, calificativo más sutil que el de los resentidos. Confrontando con Europa, aquí faltan universidades y sobran estudiantes, allá faltan estudiantes y sobran universidades. En una calle europea uno ve muchos viejos, pocos jóvenes y ningún niño; en una calle de Latinoamérica se ven muchos niños, muchos jóvenes y uno que otro viejo. No presumo de haber estado en Europa, sucede que tengo amigos que han ido allá y yo les creo, porque me lo han contado en tragos. (¿Hay alguien más sincero que un borracho?) Los sociólogos que nunca se equivocan, porque van de la mano con los estadígrafos, dicen que este continente es del futuro. A mí me parece que es de un futuro incierto, pero no pienso contradecirlos. Sólo expongo mi teoría.
¿Esa cantidad inverosímil de jóvenes que no ingresan a la Universidad dónde irán a prepararse para afrontar la vida que les espera? Tampoco quiero presumir de político -que lo es, en la medida en que desprecia a la humanidad-, ni antropólogo -que lo es, en la medida en que la ama-, para determinar el destino de esos jóvenes. Me atengo a las consecuencias y estas me dicen que es un valioso recurso que Colombia pierde inexorablemente. ¿Hay algo más importante que una juventud educada y lista para engrandecer la patria? Ese valor tan importante -tres cuartas partes, cada año- se despilfarra y hunde el desarrollo de cualquier país. Ya lo quisiera Europa para ser potencia mundial. Nosotros nos conformamos con ser potencia moral, que no es otra cosa que la abundancia de esa planta que se da exuberante en espinas y lánguida en frutos.
